domingo, 9 de diciembre de 2018

Serie Posesión:

Sinopsis: 

          Tú eres mía: 

Cristóbal Medero no se detiene ante nada y no tiene tapujos en conseguir lo que quiere a cualquier precio. Y ahora quiere a Nicole Zúñiga, una mujer atormentada por un pasado que no quiere recordar. Entonces aparecen dos personas en su vida. Un niño que le roba el corazón. Y un hombre, Esteban Arriagada, con el que tiene encuentros nada agradables y que resulta ser el nuevo dueño de la empresa donde trabaja..
Una historia de amor-odio que saca a la luz secretos, intrigas y mucho dolor.
Un pasado que vuelve, una mujer no dispuesta a dejarse pisotear, un hombre que no quiere amar y otro al que no le importa el amor.
Cuando nada es suficiente, siempre se quiere más. Y el costo a pagar, será muy caro...

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          Por siempre tuyo:



Han pasado tres meses desde que Esteban volvió del extranjero y hoy es el cumpleaños de Nicole, por lo cual le regala un viaje a Grecia y el anillo de compromiso.
Un viaje que promete ser de completa felicidad, se transforma en una pesadilla.
En tanto Cristóbal y Verónica tienen cada vez más problemas por los irracionales cambios de carácter de ella.
¿Alcanza el amor para soportarlo todo?

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Solo mía:



Llega al final esta historia de Nicole, Esteban y Cristóbal.
Cuando al fin parecía que Cristóbal sí había encontrado el amor y la futura felicidad con Nicole, un hecho dramático echa por tierra sus planes. Todo cambiará con la muerte de Eloísa.
En esta entrega todo debe quedar saldado...
Es el final. ¿O no?
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Por razones obvias, ahora no pondré el primer capítulo de las tres, solo irá el de Tú eres mía, que es la primera parte, espero que les guste 💓


Capítulo 1

Nicole se toma la cabeza con las dos manos, está molesta, más que eso, furiosa. La oficina de Contabilidad cometió un error garrafal al no hacer entrega de unos bonos ofrecidos por un trabajo urgente el mes anterior, bono que se ganaron los trabajadores con gran esfuerzo y no les fue cancelado; lo peor de todo es que esta no es la primera vez que sucede algo así y los empleados, aburridos y cansados de estar casi rogando por sus sueldos cada fin de mes, sueldos que nunca son depositados a tiempo y que más encima ahora sus bonos no fueran pagados, decidieron demandar a la empresa y ahora ella tiene en sus manos el oficio de la demanda del ente regulador de los empleadores. Un problema que debe arreglar ella porque el Gerente de Contabilidad no puede hacerse cargo de ese tema. ¡Idiota!
Su teléfono suena y ella sabe perfectamente quién es. No quiere contestar. Es su jefe: Cristóbal Medero, dueño de la empresa donde trabaja hace más de dos años y que espera que ahora ella vaya a su oficina, pero no quiere hacerlo, no por evadir su responsabilidad, sino porque, desde que llegó a trabajar allí, él siempre ha encontrado una excusa para ir a su oficina a acosarla o lo ha hecho en las reuniones de gerencias, es muy sutil, casi no se nota, es más, la joven duda mucho que alguien allí se haya dado cuenta, pero ella sí lo nota, conoce a ese tipo de hombres, suficiente experiencia tiene para saber que debe alejarse lo más que pueda. Por ella, renunciara de inmediato, pero no puede hacerlo, no tiene dinero y no puede arriesgarse a quedar sin trabajo. Además, aquí tiene un buen sueldo y, descontando las veces que Cristóbal la molesta, el ambiente y la empresa son un buen lugar para trabajar y no va a echar todo por la borda por algo que lo más seguro es que no pasara a mayores.
El teléfono vuelve a sonar y ella lo contesta de inmediato.
―Nicole, ¿por qué no contestabas? ―es su escueto saludo.
―Lo que pasa es que estaba hablando por el celular con una de las involucradas en la demanda ―miente.  
―Quiero que vengas a mi oficina de inmediato ―ordena.
―Estoy revisando los documentos para arreglar todo el asunto.
―Bueno, eso lo haces después, puedes trabajar horas extras, llevarte el trabajo para la casa o lo que quieras, pero te necesito ¡ya! en mi oficina.
―Está bien, señor ―responde de mala gana la chica.
―Te espero.
Más enfadada todavía, Nicole cuelga el teléfono y se levanta para ir a la oficina de su jefe. Sube por las escaleras los cinco pisos que separan la Gerencia de Recursos Humanos con la Gerencia General. Camina lentamente, no quiere llegar, ese hombre no le da confianza y así puede comprobarlo, cuando, poco después de llegar a la inmensa oficina, que ocupa casi la mitad del piso veintiséis, Cristóbal le da a conocer, sin tapujos, sus intenciones con ella.

● ● ●

Cristóbal mira a Nicole con un brillo divertido en sus ojos. Ella no le encuentra la gracia.
―¿A qué se refiere con castigarme? ―pregunta ella una vez más, perdiendo la paciencia.
―Cometiste un error, Nicole, y yo no permito errores ―manifiesta impasible
―¿Ya? ―responde de malhumor la joven, él sabe perfectamente que el error no lo había cometido ella.
―No te preocupes, como es tu primera vez, seré condescendiente contigo.
―¿Condescendiente? ―inquiere incrédula, cada vez se impacienta más con los largos silencios de él, al parecer le gusta crear esta imagen de distancia y enigma.
―De todos modos tendré que castigarte ―concluye mirándola directamente a sus ojos desde su sillón al otro lado del escritorio. 
Nicole lo mira con desprecio. Si bien es cierto que desde que llegó a trabajar allí Cristóbal se ha dedicado a acosarla buscando cualquier oportunidad para atosigarla, ahora encontró una “razón” para llamarla a su oficina y ofrecerle un “merecido castigo”, ¡como si eso le gustara!, había luchado demasiado por conseguir su independencia y libertad para permitir que apareciera alguien a hacer lo mismo en nombre del amor. Ella no lo permitiría. Mucho menos va a cargar con la culpa de unos empleados que demandaron a la empresa por el no pago de unos bonos ofrecidos. Pero eso tampoco es su culpa. Ella es la Gerente de Recursos Humanos y el error se cometió en Contabilidad, por lo tanto es a esa área a la que le corresponde…
―¿Estás dispuesta? ―La voz profunda de su jefe la saca de sus pensamientos, volviéndola a la realidad.
―No sé exactamente a qué se refiere ―insiste de nuevo, intentando no pensar en las depravaciones que se le cruzan por la mente.
Cristóbal se levanta lentamente de su asiento y rodea el escritorio para llegar donde está ella sentada. Le pone una mano en el hombro de forma posesiva, incitándola a mirarlo.
―No creo que seas tan inocente para no saber, Nicole… ―Ahora ella sí se convence de que sus suposiciones no están erradas. Él lo ve con tanta naturalidad, como si estuviera acostumbrado a eso―. Debo golpearte, Nicole, así de simple.
―Y así de terrible ―añade ella horrorizada, queriendo escapar, ¿acaso de verdad él la va a golpear? La idea de eso la deja paralizada.
―Vamos, no es tan terrible, sé que te gustará, será casi como un juego, muy placentero por lo demás. ―Le sonríe seductor.
―No lo creo ―contesta Nicole sin caer en la tentación, al contrario, se levanta y se aparta de él, caminando hacia atrás.
Él posa sus hermosos ojos azules sobre ella, acariciándola con la mirada.
―Nicole. ―Su voz es ronca y profunda, casi hipnotizante, pero ella no caerá de nuevo ante un hombre que se cree dios―. Nicole, querida, de alguna manera debo hacerte entender que no puedes cometer errores. Además, me has tenido tanto tiempo suplicando tu atención que…
―¡No fui yo quien cometió el error! ―chilla histérica―. ¿Por qué no castiga a Rodolfo Vásquez? Él cometió el error, él no hizo las transferencias.
―Porque tú eres más bella… y deseable.
Nicole lo contempla un momento, anonadada. Cristóbal es un hombre extremadamente bello, alto, de cuerpo perfecto, rostro hermoso con unos ojos azules preciosos y labios bien definidos. Pero ella no es como las demás chicas que caen rendidas ante un hombre por su belleza o dinero. Y él tiene ambas cosas. Además, juega a ser enigmático y distante, lo que lo hace mucho más interesante… para las otras, porque para ella no deja de ser un acosador y mucho más en este momento.
Cristóbal da un paso ladino hacia ella.
―¿Se supone que caiga rendida a sus pies, como una esclava sexual? ―logra articular al rato.
―Lo de sexual lo agregaste tú ―responde serio― y es porque eso es lo que quieres. ―Camina hacia ella, parece un felino a punto de atacar a su presa―. No te resistas, ya no luches más ―susurra cándidamente mientras se acerca peligrosamente.
―No soy como todas las mujeres a las que usted está acostumbrado a frecuentar ―replica―. Yo no deliro con la idea de ser su amante, mucho menos su esclava. 
La joven se aparta de él, caminando dos pasos hacia atrás para mantener la distancia. 
―Estoy seguro que te gustará, soy un amo muy indulgente ―insiste acercándose más a medida que ella retrocede. Él sabe lo que viene, desde su perspectiva tiene una panorámica mucho mejor que la de ella y está confiado, no necesita apresurar las cosas, ya quedaría completamente a su merced.
Nicole está molesta y asustada, pero no le demostraría lo último, sería como dar la batalla por perdida antes de tiempo. Sobre todo ahora, que él abiertamente le está diciendo cómo quiere las cosas con ella, si bien es cierto él siempre la ha acosado, esta es la primera vez que es tan franco con ella.
 Ella da dos pasos más hacia atrás y choca contra la pared lateral de la inmensa oficina. Nicole abre mucho los ojos. Ahora está atrapada. Él sonríe satisfecho, sabía de antemano que ese momento llegaría. Ella iba directo a chocar contra la muralla y quedaría atrapada entre el enorme sofá que él usa para descansar o tener reuniones informales y un kárdex con documentos. Nicole entorna los ojos mirando la gran oficina y su propia posición. A su izquierda, el kárdex que cubre gran parte de la pared; frente a este y de espaldas al ventanal, el escritorio de su jefe; en la pared contraria, unos libreros con montones de libros de negocios y un frigobar, “para recibir a los clientes de la mejor manera”; una especie de living se encuentra en el centro de la oficina, dos sillones, una mesa de centro con revistas de la empresa y, a su derecha, el sofá que la tiene atrapada y, por la misma pared donde ella está apoyada y justo antes de salir de la oficina, una puerta lateral que conduce a una sala mediana, donde está el baño, la cocina y un pequeño gimnasio con máquinas de ejercicio, con las que se mantiene en forma, porque ese cuerpo “no lo da la naturaleza sin esfuerzo”, según las propias palabras de él.
Vuelve a clavar la mirada en su jefe. Cristóbal está parado un par de pasos frente a ella con las manos en los bolsillos. No se acerca. Pero tampoco le deja espacio a salir. Disfruta tenerla así, sometida sin ninguna presión física sobre ella, más bien psicológica, lo que la vuelve más vulnerable a sus pretensiones.
―No luches ―sisea meloso dando medio paso hacia ella.
Nicole se  tensa. Esa tensión le juega una mala pasada, porque se lo imagina besándola, abrazándola y a ella, rindiéndose a sus propuestas. Pero no puede ser. ¡Ni siquiera le gusta él!
―Quiero irme ―susurra en un hilo de voz, sin convencimiento.
―No, no quieres ―afirma él con una seguridad aplastante.
―Déjeme ir, por favor ―suplica angustiada.
―No, Nicole, no quieres irte, quieres quedarte. Conmigo.
Su estómago se contrae ante aquellas palabras, no es cierto, ella no quiere quedarse, quiere irse, especialmente en este momento, cuando ya sabe perfectamente lo que él quiere conseguir de ella y su cuerpo está a punto de traicionarla. Nicole necesita salir de allí. Sus recuerdos y la situación le hacen sentir cosas que no quiere.
Él da un paso más hacia ella y su corazón se acelera lo que la obliga a cerrar sus ojos. Sus emociones están a flor de piel. Principalmente el miedo, la anticipación de saber que lo que viene no le va a gustar y…
Una mano en su mejilla la vuelve a la realidad. Esto es peor que quedarse atrapada en un ascensor. Siempre pensó que nada podía ser peor que quedarse atrapada en uno,  pero, encerrada en esa oficina con Cristóbal…
El miedo que ahora siente es solo comparable al que sintió una sola vez en su vida, varios años atrás y no quería revivir aquellos momentos. No quiere ser lastimada.
―No ―ruega a punto de llorar, pero no va a hacerlo. No enfrente de él.
―Vamos, Nicole, ya no luches. No te lastimaré, lo juro. ―Se acerca a ella tomando su cara entre sus manos, acunándola con ternura y mirándola con pasión.
Nicole no lo puede creer, su cuerpo la traiciona justo en este momento. Por más que intenta recordar el enojo, la humillación de ser acosada por su propio jefe y no solo un jefe cualquiera, sino el dueño de la empresa, el que no recibe un “no” por respuesta en ningún ámbito.
―Tranquila, todo estará bien ―susurra cerca de sus labios―, no haré nada que no quieras.
―Quiero irme, por favor ―suplica, ella no quiere esto, su cuerpo puede decir una cosa, pero su mente no se despega del suelo.
―No, no quieres irte ― murmura apenas, mientras se acerca a su boca cada vez más a una lentitud abismante.
―Por favor, señor…
―Por favor, qué, Nicole. ¿Qué quieres que te haga? ―Roza sus labios en la comisura de los de ella.
―No quiero esto, quiero irme… ―contesta intentando recuperar la cordura.
Él se hace a un lado con brusquedad, dejando el paso libre a Nicole para que salga de allí. Ella lo mira expectante. ¿Es cierto que la dejará ir? Por fin puede respirar y camina rápidamente a la salida, pero antes de llegar a la puerta, Cristóbal la detiene con sus palabras. Nicole queda inmóvil un instante escuchándolo antes de salir.
―Ya volverás, Nicole, vendrás por mí, querrás estar conmigo y te lo concederé, porque me gustas, pero será bajo mis órdenes y mis condiciones. Recuérdalo, porque de rodillas me pedirás que sea tu amante.
No se voltea. Espera unos segundos. Respira hondo y sale sin decir nada. ¿Cómo hace ese hombre para descolocarla de esa manera? Temblando, llega hasta las escaleras y, a solas, respira agitada y nerviosa, incluso se da la licencia de derramar un par de lágrimas, pero solo eso. Nada más. Ella no es una mujer de llanto fácil y Cristóbal Medero no la  doblegaría. Aunque, si era sincera consigo misma… estuvo a punto de ceder. El miedo, el deseo y el pánico se mezclaron en su interior, confundiéndola. A ella no le gusta Cristóbal, eso está más que claro, pero ¿por qué se sintió así? Ella lo sabe muy bien, sabe cómo funciona esto, pero no volvería a caer nunca más.
Nicole llega a su oficina y se encierra en ella. No quiere pensar. Aunque Cristóbal es un hombre sumamente atractivo con sus ojos azules, su tamaño y su cuerpo, sin dejar de lado su billetera y su voz profunda y sedosa, la que hace llamar la atención de todas las chicas, especialmente  de las que trabajan allí, a ella… a ella solo le da asco. Él es un hombre déspota, egocéntrico, egotista y cómo se sabe atractivo, cree que todas las mujeres se derriten ante su presencia. Pero no ella. Cristóbal Medero no es su tipo en lo absoluto y mucho menos ahora que le había ofrecido un  “castigo”… ¡Golpes! ¿Qué clase de loco es que piensa que golpear a una mujer es agradable? La rabia crece por momentos dentro de ella; ya la habían tratado así, ya habían querido hacer de ella una mujer sin dignidad ni cerebro, pero nunca lo sintió erótico, al contrario, si bien su cuerpo respondía, como lo había hecho hoy, su mente jamás dejó de funcionar y las sensaciones fueron solo corporales, hasta que…
Se tapa la cara con ambas manos, no quiere recordar, no quiere pensar en nada. Y no lo hará.
Levanta su cabeza y comienza a trabajar. Su oficina, sin ser muy grande, es perfecta, privada, solo para ella sin nadie cerca que la pueda interrumpir de forma indeseable.
No logra concentrarse en los documentos que tiene enfrente. Se echa hacia atrás en su sillón para recibir los rayos de sol que a esa hora entran por su ventana. Su escritorio no está de espaldas al ventanal como todos, ella lo había hecho colocar de costado para así recibir luz y sol directamente, sin impedimentos. En su oficina solo hay un kárdex con las carpetas que ella más usa y dos sillones frente a su escritorio, tampoco queda espacio para otra cosa. Pero para ella es el paraíso. Es su espacio personal entre tanta gente en esa empresa, donde puede estar tranquila cada vez que lo deseaba. Como ahora.
El resto del día, Nicole se obliga a concentrarse y se dedica a revisar cada caso de bonos no entregados y a tranquilizar a los empleados que esperan sus bonos con ansias. Al día siguiente deben estar todos cancelados, espera que en esta ocasión, Contabilidad cumpla con su labor como corresponde y no vuelvan a fallarle a la gente.

● ● ●

Dos días después de ese odioso incidente, con el asunto de los bonos arreglados y los empleados trabajando como correspondía de nuevo, Cristóbal llama nuevamente a Nicole a su oficina. ¿Insistiría en su deseo de hacerla su “sumisa”? Nicole entra a la enorme oficina y se sienta a esperar, Cristóbal no aparece por ninguna parte. Después de quince minutos de espera comienza a impacientarse, no es que esté ansiosa de verlo, pero tampoco quiere perder el tiempo, tiene bastante trabajo atrasado por dedicarse a arreglar el problema de Contabilidad y no es momento para estar de ociosa. Recorre con la vista la inmensa oficina y, sin querer, detiene su mirada en el lugar donde había quedado atrapada hacía dos días. Vuelven los nervios a su corazón. Aunque ella tiene suficiente carácter como para ser la sometida de nadie, está segura de que si él quisiera abusarla, no le costaría nada. Esa oficina es a prueba de sonidos y nadie entra allí si no es llamado, ni siquiera su secretaria. Eso la asusta, aunque intenta convencerse que si él quisiera hacer eso, ya lo hubiese hecho, nada le costaría. Además, puede ser un acosador, pero ¿un violador? Lo duda y espera no equivocarse.
Nicole se levanta al tiempo que la puerta se abre amenazadoramente lenta, como si su jefe disfrutara en ponerla tensa. Cristóbal se para en el vano de la puerta mirándola con intensidad y una odiosa sonrisa en los labios. Se burla de ella, eso está claro.
―¿Me esperaste mucho tiempo? ―pregunta haciéndose el desentendido.
―Veinte minutos ―contesta con sequedad.
Él camina rápidamente hacia la mujer sin dejar de mirarla y se para frente a ella, imponiendo su porte.
―¿Me extrañaste?
―Hay bastante trabajo allá abajo como para perderlo aquí.
―Estás conmigo, eso no es perder el tiempo ―contesta él tomándola de los hombros.
«Ya empezamos», piensa Nicole enojada.
―¿Qué quiere? ―pregunta con desagrado, sacudiéndose para liberarse de las manos en su cuerpo.
―Quiero saber cómo van las cosas, ¿se solucionó el asunto de los bonos?
―Todos cancelados, como corresponde.
―¿Tuviste algún problema?
―No, ninguno.
―Hiciste bien tu trabajo. ―Sonríe satisfecho.
Nicole no contesta.
―Mereces un premio ―insiste.
―Un premio… ―repite Nicole por inercia, asustada por lo que sus palabras quieren decir.
―Así es.
―¿Ya? ―Nicole sabe que tiene que desconfiar.
―Podrás tenerme sin tener que castigarte.
Nicole cierra los ojos con desagrado mientras toma aire para calmarse, cuando los abre, Cristóbal está frente a ella, muy cerca de su rostro, mirándola con deseo.
―Sigue equivocándose conmigo.
Él sonríe confiado y se echa hacia atrás varios pasos. Ella camina hacia la puerta, él le intercepta el camino, tomando sus brazos. Ella lucha contra él, pero él la atrae a su cuerpo con suave firmeza, sin forzarla, simplemente conteniéndola.
―Tranquila, no te voy a lastimar.
―Por favor, no, de nuevo no  ―ruega ella fijando su mirada en él, sus pestañas están húmedas.
―Te deseo, Nicole ―le dice así, sin más, intentando besarla.
―¡No! ―grita ella corriendo la cara desesperada.
―Vamos, Nicole, deja de resistirte, ya tienes mi atención y mi deseo.
―No quiero nada de usted.
―Claro que sí, lo noto en tu mirada, me quieres a mí y ya me tienes, puedo ver la lucha en tus ojos, no te resistas, linda.
Nicole intenta apartarse de él, pero no lo consigue.
―Bésame ―suplica él con ojos de cordero. El olor a perfume caro marea a la joven, que sigue intentando apartarse de él.
―¡No! ―Vuelve a gritar―. ¡Quiero salir de aquí!
―Te quedarás aquí hasta que yo te lo ordene. ―Impone con potente voz.
― ¡Usted no es mi dueño!
―Aún no, pero muy pronto Nicole Zúñiga, serás enteramente mía. ―Suena a verdadera amenaza.
―¡Jamás!
―Más tarde o más temprano serás mía y te dominaré a mi antojo. Pedirás ser mi esclava, rogarás ser dominada por mí.
―Nunca ―murmura ella cansada de luchar.
―Y te castigaré por esta lucha inútil, por todo esto que me haces pasar. ―La toma de la cintura y la pega a él, haciéndole sentir la dureza de su cuerpo.
―Déjeme salir ―suplica por fin, atreviéndose a mirarlo a los ojos sin intentar retener las lágrimas que no quería derramar.
―Me descolocas, Nicole ―confiesa soltándola, dando dos pasos hacia atrás.
Nicole se queda petrificada mirándolo a él y a la puerta que está detrás de él. No sabe si esto es una autorización para irse o no, quiere escapar, pero si él quisiera detenerla, nada le costaría hacerlo, ella debe pasar por su lado para huir.
―¿No te irás? ―pregunta con molesta ironía.
―Quiero salir ―responde asustada.
La respiración de Nicole es acelerada, agitada, su frente está llena de gotas de sudor, sus ojos se niegan a llorar, pero a punto están y su cuerpo tiembla como una hoja. Nicole puede sentir su propio corazón latiendo a mil, parece que se le va escapar por la garganta en cualquier momento. Está completamente paralizada. Sin embargo, Cristóbal parece tan sereno que cualquiera diría que esto no está pasando.
―Cálmate, Nicole, si quieres irte, sabes dónde está la salida.
―¿Qué?
―Si quieres irte, solo debes decirlo. ―Se acerca a ella lentamente, como no queriendo asustarla―. También sabes que estoy aquí para ti.
―No... ―ruega Nicole incapaz de cualquier movimiento.
―Nicole, Nicole, querida… ―La abraza a su pecho, casi protectoramente―. Conmigo estás segura. Puedes confiar en mí.
Ella sabe que no es así, está aterrada, pero no logra pensar claro.
―No temas, belleza, todo está bien, todo estará bien, ya verás.
―No…, por favor…
Cristóbal la aparta un poco y la mira, rodeando su rostro con sus manos.
―¿Quieres irte? ―pregunta con ternura.
Ella asiente con la cabeza, casi imperceptiblemente.
―Puedes hacerlo, eres libre…
La suelta y Nicole camina hacia la puerta, los quince pasos hasta allí se le hacen eternos.
―¿Me dejarás así, Nicole? ―pregunta Cristóbal justo cuando ella va a cruzar la puerta.
Nicole, incapaz de dar un paso más, se queda quieta, esperando. Su corazón late desbocado, le teme, su temor la hace vulnerable y no sabe qué hacer. Quisiera tener la valentía para gritarle, golpearlo, defenderse. Pero no es capaz.
―Nicole ―susurra en su oído, tomándola de los hombros, abrazándola a él por la espalda.
―No ―gime derrotada.
―No te resistas, prometo ser bueno contigo.
―No…
―Serás mía, Nicole, más tarde o más temprano, yo sé que lo quieres, esperaré el tiempo que sea necesario hasta que estés lista para mí y seas mía como lo deseo. ―La voltea pegándola a su cuerpo, y la mira a los ojos. Intenta besarla una vez más. Es entonces que ella logra reaccionar y la adrenalina hace lo suyo.
―¡Suélteme! ―chilla histérica dejando correr las lágrimas que no puede seguir reteniendo―. ¡Jamás! ¡Nunca! ¿¡Lo entiende!? ¡Nunca me tendrá!
―No te resistas más, Nicole ―susurra tranquilo.
―¡Renuncio! ―replica ella con toda la valentía de la que es capaz―. Me cansó este jueguito estúpido, no voy a esperar a ser abusada por usted, no soy una muñeca inflable, ni su esclava sexual, ni su sumisa, ni nada que se le parezca. Soy una mujer con derechos y el primero es que se respete mi derecho a decir “no”. ¡Hasta nunca!
―No puedes renunciar ―contesta Cristóbal acercándola más a sí mismo, sin perder el control.
Intenta besarla una vez más por la fuerza. Ella le da un puntapié y sale corriendo de la oficina dispuesta a renunciar, ya no soporta un día más en ese lugar. Está aterrada, enojada. Definitivamente, no puede seguir trabajando allí, aunque se muera de hambre y tenga que vivir bajo el puente. No sería la primera vez...


Nada más llegar a su oficina, toma su cartera, la fotografía de su padre que tiene en el escritorio y sale a Administración, área donde trabaja su amiga y compañera de departamento, Claudia Marín.
―Renuncio, Claudia, mañana traigo la carta de renuncia ―informa apresurada―. ¿Te puedes llevar mi auto? No soy capaz de manejar.
―¿Qué te pasó, amiga? ―pregunta preocupada.
Nicole mira a su alrededor, hay dos mujeres más trabajando allí y no quiere que se enteren de la humillación a la que la acaba de someterla su jefe.
―Don Cristóbal intentó…él… quiso abusarme, Claudia ―habla en voz baja, pero las otras están muy al pendientes de lo que ella dice y sonríen para sus adentros, no creen lo que oyen.
―Nicole, por favor, no te creo. O sea, ese hombre no necesita abusar de nadie, puede tener a la mujer que quiera sin ninguna dificultad. ―replica con sarcasmo, para Claudia, su amiga siempre ha sido una mosquita muerta que se hace la puritana, pero que por dentro debe ser la peor de todas.
―Pues sí es verdad, vengo de su oficina, estoy muy alterada todavía.
―¿No sería al revés, amiga? A lo mejor fuiste tú quien quiso y él no te hizo caso.
Nicole mira a Claudia. Claro, es difícil para ella creerlo, si está enamorada hasta el tuétano del jefe, como todas allí. Se vuelve y ve que las otras tienen una risita idiota en sus caras.
―¿Puedes llevarte mi auto? ―pregunta con evidente molestia.
―Claro, amiga, sabes que sí. ¿Dónde vas tú ahora? Supongo que no vas a hacer algo estúpido como ir a denunciarlo.
―¿Y qué sacaría? ―ironiza sabiendo la respuesta.
―Nada, amiga, aquí ninguna tiene esa queja. Ojalá. ―Ríe como una niña mala mirando a las otras y las demás la siguen. Ya quisiera Nicole verlas acosadas por ese hombre y ofreciéndoles lo que él realmente es.
―Me voy ―corta la conversación, saliendo de allí de peor humor que antes.

Está tan enojada que no es capaz casi de sostenerse, mira el ascensor, los más de veinte pisos los iba a bajar por la escalera, pero siente sus piernas demasiado débiles para hacerlo y se decide por el ascensor, aunque no le guste.
Mientras baja en el ascensor, piensa en lo que su amiga le acaba de decir y su rabia crece más en su interior. Recuerda a Cristóbal… Ahora su respiración está agitada no de miedo, sino que de ira. Piensa en los cientos de formas de haber evitado lo sucedido, de contestar, de defenderse. Está tan enojada consigo misma, con los hombres, con las mujeres que aceptan todo por una cara atractiva y un cuerpo perfecto. Siente nudos en el estómago con todas las sensaciones mezcladas.
Cuando sale del ascensor ve a un hombre que está llegando a él, la mira interrogante, algo ve en su cara, seguro, tiene pintado en la cara lo que acaba de ocurrir y eso la enoja más, si es posible, y cuando pasa por su lado lo empuja con su cuerpo, sin advertir que, al ser el hombre más alto y fuerte que ella, la que saldría perdiendo sería ella misma y cae al suelo estrepitosamente. El hombre la mira sorprendido e intenta ayudarla, pero ella se niega rotundamente.
―¡No me toque! ―ordena exaltada.
El hombre hace un gesto de rendición, verla ahí en el suelo no le gusta, pero si ella no quiere aceptar su ayuda...
Nicole se levanta y lo mira desafiante, ya no siente miedo. No volvería a sentirlo jamás, es lo que se promete a sí misma en ese momento, ya es suficiente que los hombres la traten como un objeto, una basura, y ella no es ni lo uno ni lo otro. 
―Lo siento ―comienza a decir él, sin saber por qué, sabe que él no es su culpa lo que acaba de ocurrir, pero aun así se siente culpable de la caída de esa mujer.
Nicole, con aire engreído, lo mira de cabeza a pies y de vuelta hasta su cara despectivamente. Se gira y sale del edificio, ocultando el dolor que le produjo la caída. El hombre se queda mirándola, sin entender qué había ocurrido.

● ● ●

La calidez del sol no ayuda a Nicole a calmar su  furia ni a mitigar su exaltado ánimo. Al contrario, se siente impotente, enojada, más que eso, furiosa y también un poco culpable por lo del hombre, él no tenía la culpa de nada y se descargó con él, algo inusual en ella, por lo general calmada. Camina sin rumbo fijo, no quiere llegar a su departamento. No sabe qué hará de aquí en adelante. Necesita encontrar un trabajo lo más rápido posible, está segura que no logrará obtener una buena carta de recomendación de Cristóbal y tampoco puede contar con su finiquito muy pronto, seguro él se querrá vengar de ella de esa manera y sin ese documento será casi imposible encontrar trabajo.
No debió renunciar. No debió contestarle así a Cristóbal. No obstante, sabe que no puede quedarse trabajando en ese lugar. De hacerlo, en cualquier momento él abusaría de ella y la golpearía, como era su deseo. Ya había vivido eso y no volvería a pasar por algo así. Suficiente con uno de esos en su vida.
Después de mucho caminar, llega a una plaza donde hay varios niños jugando. Los niños están aprovechando los últimos días de sol y calor antes que llegue el crudo invierno. Se sienta en uno de los bancos mirando a los pequeños, deleitándose con sus risas y juegos. Necesita calmarse, respirar y pensar en lo que hará de ahora en adelante.
Los niños se ven relajados y felices, ya quisiera ella sentirse así también. Pero no puede, al contrario, recién ahora se da cuenta de lo tensa que está. Sus puños siguen apretados y sus uñas comienzan a lastimar sus palmas, las tiene enterradas en sus manos. Las suelta y las coloca sobre sus rodillas, masajeándolas suavemente. Aprovecha y mueve también la mandíbula que también está apretada y su cuello lo gira para quitarle la tensión.
Intenta sonreír mirando a los niños jugar. Cuando una pelota llega a su lado, la toma, buscando a su dueño, se acerca un hermoso niño de unos cinco o seis años de edad que la mira expectante y que hace latir su corazón de un modo diferente.
Ella le lanza la pelota suavemente y el niño la recibe con pericia a pesar de su corta edad, la mira unos segundos casi interminables y vuelve a su juego con una mujer mayor que está con él.
Nicole siente aún el latido diferente, algo se movió en su corazón al ver a ese pequeño niño que la miró confundido. Tal vez su alegría, su inocente mirada, su relajada actitud o simplemente su hermosa niñez le hacen sentir un enorme deseo de protegerlo, de cuidarlo. Por alguna extraña razón, como es la mente humana, salta de un pensamiento a otro hasta llegar al hombre que empujó fuera del ascensor. No lo merecía, pero ella iba demasiado enojada como para detenerse a pensar y actuar de manera civilizada.
La pelota vuelve a sus pies sin que Nicole se dé cuenta, solo cuando el niño llega a su lado, se percata. Toma la pelota y se la entrega en las manos, sonriendo.
―¿Estás triste?  ―pregunta el niño con dulzura
―No ―contesta intentando no llorar, definitivamente ese niño es especial.
―Mi papá dice que las mujeres no deberían llorar.
―Tu papá tiene razón.
―¿Es por tu novio?
―¿Qué? ―Nicole no entiende que ese niño le pregunte algo así.
―¿Estás triste por tu novio?
―No. ―Nicole sonríe con ternura―. No tengo novio y no estoy triste ―contesta dulcemente.
―¿Enojada?
Ella sonríe, claro que lo está, aunque con él ahí, mirándola realmente preocupado, se le olvida todo el enfado.
―¿Estás enojada conmigo? ―Sus pequeños ojitos se ponen tristes.
―No ―contesta con celeridad―. ¿Por qué estaría enojada contigo?
―Porque te he tirado dos veces la pelota.
―No, mi niño, no estoy enojada contigo. ¿Cómo te llamas?
―Lucas, ¿y tú?
―Lucas, qué lindo nombre, yo me llamo Nicole. ¿Con quién andas?
―Con mi mamita Eloísa, pero mi papá pasará a buscarme en un rato más.
―¡Qué bien! ¿Siempre te pasa a buscar aquí?
―Sí, venimos con mi mamita Eloísa después del cole, jugamos un rato y cuando él llega en el auto, nos vamos a la casa, siempre me trae algo rico para comer. ¿Quieres venir con nosotros hoy?
Nicole ríe suavemente.
―No, no te preocupes, no creo que a tu mamá le guste que llegue una extraña con tu papá y contigo.
―No tengo mamá, ella se fue cuando yo nací.
“¿Se fue?”, piensa Nicole para sus adentros, “debe ser su manera de decir que murió”.
―Lo lamento ―dice con sinceridad.
El niño se encoge de hombros.
―No importa, apenas la conocí y cuando volvió, igual no me quería.
Nicole se queda boquiabierta ante aquella confesión. ¿Cómo una mamá podía no querer a su hijo? Sobre todo a uno como Lucas que era hermoso.
―¿Tú tienes hijos? ―vuelve a preguntar el niño.
―No, no tengo hijos, ni siquiera tengo novio ―contesta ella un poco avergonzada.
―¿Quieres ser mi mamá?
Nicole sonríe más abiertamente, tanto por la inocencia del niño como por sus ocurrencias, pero eso no significa que no se sienta en su corazón el deseo de ser madre, un sueño truncado en su vida.
―No creo que a tu papá le guste mucho que busques a cualquier mujer para que sea tu mamá. ―Intenta poner cordura a sus pensamientos.
―No es a cualquier mujer, es a ti. Eres linda y simpática y tienes cara de ser mi mamá.
Nicole se derrite ante este niño de mirada vivaz y agudos pensamientos.
―Gracias, tú eres muy lindo también.
―¡Lucas! ―La mujer que está con el niño lo llama con dulzura desde una esquina―. Llegó tu papá.
―¿Quieres venir a mi casa? ―ofrece el niño.
―No, ahora no creo que sea buena idea ―contesta Nicole un poco frustrada.
―¿Vendrás mañana?
―Está bien, estaré aquí a esta misma hora, ¿te parece?
―Adiós. ―El niño le da un beso en la mejilla antes de correr  con su abuela.
Nicole lo ve alejarse, pone su mano en la mejilla donde el niño le depositó el beso, es un niño exquisito, ya quisiera ser ella su madre… si no estuviera el padre de por medio.
Lucas y su abuela se suben a un lujoso todoterreno que los espera al otro lado de la plaza y se quedan un par de minutos allí, seguramente arreglando la sillita de Lucas.
Nicole se levanta del banco, quiere ir con ellos, da dos pasos y se arrepiente. Gira sobre sus talones y se va por el costado de la plaza a toda prisa.
Camino a su casa piensa en lo  que significa ser madre y en lo que se debe sentir, aunque ella duda mucho que alguna vez pudiera sentir la sensación. Recuerda su último día de matrimonio hacía tres años ya, donde todos sus sueños y sentimientos murieron junto con su hijo no nacido…



Les dejo los booktrailers:


miércoles, 5 de diciembre de 2018

Terror: brujos en Chiloé

Sinopsis


A pesar de su nombre, esta es una historia de amor que se mezcla con las leyendas que abundan en Chiloé, las que hablan de una bruja poderosa que se enfrentó al gran Moraleda, navegante español que, al perder con ella en la magia, le ofreció su amistad y conocimientos. Esto dio inicio a "La recta provincia", "La Mayoría", una organización de brujos que sojuzgaba la isla. 
Chilpilla, la gran hechicera, fue traicionada por su propia gente y, durante el Juicio a los Brujos en 1880, fue obligada a abandonar su tierra y sacada de allí por el mismísimo Diablo. 
Después de vagar por el mundo por más de cien años, para aprender y mantenerse con vida, volvió a la isla para vengarse de todos los que la traicionaron. Pero se encuentra con un escollo: Junier, un ser que la odia y que hará de su vida una miseria. 
De vuelta en la isla, solo un brujo tiene el poder de detenerla y destruirla, ¿logrará hacerlo antes que en la isla reine el terror como en 1880? 
Una novela donde se mezcla la historia, el amor y las leyendas de un modo diferente a lo conocido. 
El Caleuche, brujos, fantasmas y demonios se darán cita en este libro donde buenos y malos se confunden y nada es lo que parece.





Esta novela ha sido la más difícil de escribir y la que más tropiezos tuvo, pues pasaron muchas cosas que hicieron que la novela no avanzara. En el libro aparece una aclaración, que tuve que hacer luego de un sueño, en el que cambié algunos nombres que, si bien es cierto permanecen en el interno colectivo de los isleños, no debía colocarlos aquí; desde ese momento, la historia fluyó en poco tiempo, así es que sospecho que los brujos continúan en Chiloé, tal como hace dos siglos... 


Un poco de historia

1790


¡Estad atentos! grité a mi tripulación, necesitaba a cada uno de mis hombres en sus puestos. En cuanto arribemos a la isla, les demostraré mi poder. No me comportaré como en Queilén, con misericordia, no. ¡Aquí sabrán quién es José Manuel de Moraleda y Montero! No volveré a mi tierra vencido ni me apersonaré ante el rey cargando mi derrota, tampoco vosotros queréis hacerlo, eso significaría la humillación y muerte para todos. ¿¡Es eso lo que queréis?! grité, recibiendo un firme "no" por respuesta de mis seguidores. ¡¿Es eso lo que queréis?! insistí con mayor volumen, otra vez su respuesta: "no", retumbó en mi fragata "El Socorro". Entonces... ¡Vamos a por ellos!
Mi postura firme y mi bien ganado orgullo y fortaleza, hizo que mi dotación de marinos tomaran las fuerzas necesarias para continuar en nuestra misión, la Ciudad de los Césares debía ser encontrada y los lugareños me debían ayudar. De otro modo, los obligaría. Y tenía los medios para hacerlo.
Apeamos en Tenaún con dos misiones muy claras. La primera conseguir esclavos para llevar a España y a otros tantos para ayudarme en la exploración, en la que debíamos ubicar la ciudad que tan esquiva nos había sido; y la segunda, demostrar mi poder. No dejaría que unos indios sin ley se burlaran de mí.
Muchos de los nativos llegaron a la orilla a observarnos. Y cómo no, si para ellos nosotros éramos dioses. Y ahora les demostraría mi poderío. Verían, con sus propios ojos, de lo que era capaz.
Me posicioné firme en la tierra y hablé a los veliches (aborígenes de Chiloé) del sector, quería que confiaran en mí, mas, al no ser posible, ya que nadie quiso tomar mi invitación por las buenas, hice algo con lo que estaba seguro, les convencería.
Usando un hechizo, me convertí en un pez gigante ante sus ojos. La gente aplaudió mi atrevimiento de mostrar mi magia frente a ellos. Caminé hasta una roca y me transformé, de nuevo frente a ellos, en un magnífico lobo de mar.
Si bien era cierto, los indios estaban entusiasmados y complacidos con mi poder, no había asombro en sus miradas.
Entonces, me troqué en paloma y volé por sobre sus cabezas. Pero nada sucedió. No lograba convencer a los indios de acompañarme.
Fue en ese momento que, irguiéndome, los enfrenté.
¿Qué no os llama poderosamente la atención las maravillas de mi arte? los interrogué preocupado, si mis artimañas no funcionaban, no sabría qué lo haría.
Uno de los hombres del lugar dio un paso al frente y me miró con sorna.
De gustarnos nos gusta respondió, pero no hay brujo de la costa que no haga estas travesuras.
¿Acaso estaba en frente de más hechiceros?
¿También tenéis hechiceros? No era capaz de creer en sus palabras y exigí: ¡Traedme uno al instante!
Hay una bruja que está de paso por estas tierras ―explicó―. La buscaremos y la traeremos ante vuestra presencia, señor.
Eso espero. Aguardaré en mi barco hasta que vosotros volváis con esa mujer.
Hice embarcar a mi tripulación. Seguramente esa hechicera tardaría, si sabía lo que le convenía, no querría tener un enfrentamiento conmigo.
Pasado el mediodía apareció una mujer. Una mujer de singular belleza y dulce mirada. Se detuvo a unos metros de la orilla.
¿Qué buscas en mi isla? me preguntó con soberbia. Me dicen que queréis llevaros con vosotros a mi gente como esclavos.
No como esclavos, mi señora, como ayudantes.
Sí, vosotros sois todos iguales, mentirosos y arrogantes, engreídos que creéis que la tierra es vuestra y la gente también.
Necesitamos obra de mano.
Para tratarlos como animales. ¡De aquí no se mueve un alma con vos!
¡Eso lo veremos, vuestra merced!
Chilpilla es mi nombre, señor, y os demostraré que aquí en mi isla nadie viene y va sin mi consentimiento.
Bien, Chipilla, mi señora, os reto a un duelo de magia, quien venza decidirá el futuro de estas gentes.
La mujer sonrió como si ya fuera la triunfadora. Ilusa. No tenía idea de quien era yo. Yo era más dios que todos sus dioses juntos. Descendí de mi navío y procedí a acercarme a la hechicera. En el camino me convertí en un oso pardo, al cual ella no pareció temerle. Al llegar a su lado, no hizo amago alguno de correr, al contrario, me miró desafiante. Entonces, lancé un rayo que cayó desde el cielo, sin embargo, ella lo desvió a unas rocas a la orilla del mar.
Buen intento, don José me dijo con total falta de respeto, ahora os demostraré quién soy yo.
Chilpilla principió a romancear una especie de oración, al tiempo que gesticulaba y contorneaba su cuerpo. Todo esto desde su lugar. Sin moverse un ápice de la orilla del mar. Las aguas se revolvieron y empezaron a producir una especie de torbellino en torno a mi goleta, hasta que mi embarcación quedó completamente en seco. La desazón fue general. Nadie entendía nada. Los hombres murmuraban intentando comprender lo que ocurría.
¡Hostias! ¿Y cómo habéis hecho eso? No pude evitar consultar a la mujer. ¿Qué clase de ilusiones son estas?
Me di la vuelta y avancé por la orilla del mar, gritando a mis hombres que se calmasen.
―¡Tranquilos!, ¿cómo va todo por allá?
Que estamos en plena lama, Don José Manuel, ¡varados! ―respondieron todos a la vez.
Sácalos de allí ordené a la mujer, pero no me hizo caso. Por favor, volved mi navío al mar.
Observé a Chilpilla que permanecía rígida como una estatua, como si sostuviera la respiración. Lentamente, fue exhalando a medida que su pecho subía y bajaba y su cabeza se erguía. Las aguas se fueron soltando y mi barquilla de alférez de fragata de la Real Armada Española, comenzó a reflotar. Suspiré alivianado. Si hubiese perdido aquella flota, habría sido hombre muerto.
Cuando terminó de flotar y mis hombres estuvieron a salvo, no había más nada qué decir.
Pues que vos os habéis hecho merecedora de todo mi respeto y crédito acepté haciendo una reverencia. Y en consideración a lo que mis ojos han visto y mi corazón se ha maravillado, quiero dejaros una joya para que vuestra merced lo administre y le deis el mejor uso posible. Esperadme un instante.
Subí a una piragua en dirección a mi lanchón. Tomé mi Levistorio (libro de magia) y lo llevé con la mujer. Ella me miró con desconfianza al yo extender el libro hacia ella.
En este libro, se anotan todos los secretos de este arte misterioso que es la brujería. Usadlo con juicio y avanzaréis en el dominio de los misterios de la naturaleza y del ser humano le señalé para que confiara en mí.
Ella miró el libro y luego a mí.
¿Por qué yo?
Seguro estoy de que vos podréis hacer un buen uso de lo que hay escrito en su interior. Vuestra alma es pura y cristalina. Mi corazón lo ha percibido y mis artes mágicas me lo han confirmado. Con vos, este libro estará seguro. Si cae en las manos equivocadas... No os quiero contar lo que podría suceder.
Don José Manuel de Moraleda, es usted un hombre sincero; creí, al llegar aquí, que usted sería un ser sin corazón ni moral, pero veo que me he equivocado. Puede usted irse en paz.
Espero algún día volver a encontraros, mi señora. Le hice una nueva reverencia, tomé su mano y la besé en un acto de total respeto, que era lo que ella inspiraba en mí.
Yo espero que sea en otras circunstancias.
Lo serán, mi dama, eso os lo puedo asegurar.
Mejores que esta.
Por un tiempo mejor para los dos me reverencié ante ella.
Sonreí y salí de allí rumbo a mi fragata, esperando no volver por esos lugares, aunque la imagen de Chilpilla jamás la podría borrar de mi memoria.
Y así fue. Hasta el día de hoy.


La historia de Chilpilla


Chilpilla abrazó el libro como una niña pequeña abraza a su primera muñeca. Luego de mucho rato, lo tomó en sus manos y lo abrió. Solo había un problema. Ella no sabía leer.
Los lugareños se acercaron y la felicitaron por su reciente actuación. Chilpilla solo se limitó a sonreír.
Acompañada de su fiel amiga, Isolina, se dirigió a Quicaví, cruzando bosques y montañas, hasta una cueva muy especial, a donde muy pocos tenían acceso. Seguidas por el fiel sirviente de Chilpilla, Mateo, un niño de diez años, entran a la cueva.
Reúnelos a todos ordenó al niño con cariño, cualquier brujo que quiera unirse a mí, será bienvenido, siempre y cuando cumpla con un solo requisito, un juramento de lealtad y silencio. Nadie debe saber que existe esta cueva. Nadie más en esta isla debe saber lo que haré.
Sí, mi señora contestó con respeto el jovencito.
Y Mateo, no me falléis.
El niño la miró fijo un momento.
No, mi señora, jamás le fallaré.
Diciendo aquello, echó a correr montaña abajo a buscar a los brujos del lugar. Su señora era lo más importante para él y no iba a fracasar en su encomienda.
Chilpilla miró el libro. Era de cuero café, con hojas amarillas, la mujer recorrió con sus dedos una de sus páginas. Lo que había allí era un gran secreto todavía para ella. Pero ya sabría su significado.
Salió de la cueva y se paró fuera de ella. La miró. El lugar era uno de los más recónditos de la isla, si es que no la más escondida; detrás de un traiguén (cascada), oculta por la maleza y perdida entre los cerros, no era un lugar de fácil acceso. Esta fue la cueva donde ella nació como bruja. Donde el mismo Diablo la hizo su discípula y le enseñó todo lo que ella sabía.
Recordó aquellos momentos como si hubiesen ocurrido recién. Y habían pasado ya más de cien años.

 &&&

Hija de madre nativa y padre español, nació siendo la hija de la empleada. Ella, una mujer que no le gustaban las órdenes de nadie, no se dejó jamás doblegar, por nadie. Su padre la amaba, de eso no había duda, siempre decía que ella era especial, distinta a sus otros hijos, aunque nunca le explicó por qué, tampoco la trató igual que a sus hermanos, ella gozaba de privilegios que los demás no tenían. Pero todo eso ya no importó cuando su padre murió.
Al llegar a la adolescencia su rebeldía se acrecentó. Y con ella una nueva oportunidad. Un día de agosto de 1675, al adentrarse en los bosques, se encontró con quien dijo ser el mismísimo demonio, el que le ofreció un favor a cambio de sus servicios. Chilpilla, con toda su juventud a cuestas y su inexperiencia, aceptó sin dudar el trato, a cambio de convertirse en la bruja inmortal más poderosa.  
Aquella noche desapareció de su casa. Su familia nunca más supo de ella y, por más que su tío paterno gastó fortunas en buscarla, o al menos encontrar su cuerpo, jamás dieron con la niña.
El ritual para convertirse en bruja, no era nada fácil. Pero ella haría lo que fuera para conseguir el poder y la vida eterna.
¿Estás preparada para cualquier cosa? le preguntó el demonio una vez más.
Sí afirmó con decisión.
Sabes que en el transcurso de esto puedes morir.
Sí.
¿Estás segura de querer hacerlo?
Sí.
¿Entiendes que para ser una de mis hechiceras y lograr la inmortalidad tus sentimientos deben morir o, al menos, esconderse muy en el fondo de tu alma, alma que me pertenecerá por los siglos de los siglos?
Lo entiendo.
En realidad, hasta ese momento, Chilpilla no entendía a cabalidad todo lo que implicaría convertirse en la bruja más poderosa de la zona; de todas formas, continuó. Ella no echaba pie atrás ante nada y no lo haría ahora.
Verás morir a tu madre.
Chilpilla tomó aire y elevó el mentón.
De todos modos morirá.
El demonio sonrió con satisfacción. Esa mujer, con su enorme energía tomada de los dos lados del mundo, era perfecta para controlar la isla entera y subyugarla para él.
Entonces, vamos.
El Diablo se convirtió en un hombre casi repugnante y acercó su cara a la de ella. La joven no se movió de su lugar ni apartó la vista.
Muchas han huido horrorizadas.
No yo.
Eres muy valiente. O muy tonta.
Tonta no soy ni lo he sido jamás.
El hombre caminó alrededor de ella escaneándola de pies a cabeza en todo su contorno. Cuando volvió al frente de ella, era otro. Un joven apuesto y atrayente. Aunque, dicho sea de paso y con sinceridad, el anterior hombre, a pesar de su fealdad, también tenía un imán que atraía.
Vamos, Chilpilla, que alguien debe morir, no hagamos esperar a la muerte que ya está a las puertas, esperando para ganar un alma.
¿Dónde irá ella?
¿Te importa?
No, la verdad no, me interesa saber a dónde van todas las almas que han muerto, eso sí me da curiosidad.
El infierno y el cielo no existen, si es que eso te preocupa, existe un lugar, sí, un lugar de tormento, hasta que todo queda saldado en la tierra y luego se van...
¿A dónde? preguntó interesada.
A donde tú nunca llegarás.
La tomó del brazo sin delicadeza y emprendió el vuelo hacia el lugar de residencia de los Bahamonde, el padre de la mujer. Ella se intentaba afirmar de él, pero no era capaz.
No temas, no te dejaré caer.
Me duele.
Y esto es solo el principio se burló él.
Ella se quedó quieta. Él con un rápido movimiento la apegó a su pecho y Chilpilla se abrazó a su cuello.
Vamos a ver qué tan dispuesta estás a servirme como lo deseo.
Estoy dispuesta.
¿A cualquier cosa?
A cualquier cosa confirmó. Por la vida eterna y el poder.
Eres ambiciosa.
Sí, ¿algún problema con eso?
También insolente.
No le he faltado el respeto.
Me gustas. Serás una gran machi kalku (bruja mala).
Eso espero.
Con mi ayuda, claro que sí. Todo el mundo se doblegará a tus pies.
Eso lo espero más respondió sonriendo.
Bajaron a las afueras del campo de los Bahamonde justo al momento en que la madre de Chilpilla salía con unas ropas para llevarlas al río.
¿Preparada?
Claro que sí.
Aunque Chilpilla tenía un nudo en la garganta, no le importaba, su madre nunca la quiso, para ella solo era una guacha más del patrón y odiaba que su padre tuviera preferencia por ella.
Un resbalón en la tierra húmeda, hizo caer a la mujer que bajaba la quebrada. Cayó al fondo del precipicio, a un lado del estero del bajo. Aún respiraba cuando se acercaron el demonio y Chilpilla.
No ha muerto comentó la joven.
No. Ahora es tu trabajo.
¿Qué quiere decir?
Tienes que terminar de rematarla.
¿Yo?
¿No que estabas dispuesta a todo?
Sí. No es ese mi problema. No sé cómo hacerlo. Al decir esto, se giró para mirar a su acompañante a la cara. Craso error, pudo ver en sus ojos, las intenciones que tenía.
No importa. Le dedicó una sonrisa deslumbrante y maquiavélica a la vez.
De algún lugar que Chilpilla no alcanza a captar, sale un enorme palo que le entrega a la joven.
Un solo golpe basta.
No soy asesina.
Entonces no sirves y la muerte de tu madre será en vano.
El hombre, sin insistir, se dio la media vuelta y desapareció de la vista de Chilpilla.
¡Lo haré! Está bien, lo haré.
No hubo respuesta. Nada. La muchacha no sabía qué hacer. Miró el palo que tenía en las manos y, conteniendo la respiración, dio un certero golpe a su progenitora.
Bene factum, inquit puellam escuchó la voz del hombre a sus espaldas.
La joven giró y lo miró confundida.
Bien hecho, jovencita aclaró con solemnidad.
¿Ahora sí estoy preparada?
No te importó asesinar a tu misma madre, supongo que sí estás lista para ser hija de...
Detén esto. Otro hombre, de rostro amable y ojos penetrantes se acercó a la pareja.
¿Qué haces aquí?
Vengo a ver lo que tú estás haciendo... Y diciendo.
No he hecho más de lo que tú me has pedido, amo.
¿Seguro? ―preguntó el hombre sin posar en ninguno su mirada.
Así es, señor.
Chilpilla se descolocó, no sabía que el Diablo debía dar explicaciones de sus actos a alguien más.
Porque él no es Satanás. Yo soy el mismísimo Diablo y envíe a buscarte. No a asesinar. El hombre la miró con ojos de fuego que sintió traspasar a todo su ser con dolor.
Chilpilla se quedó de piedra. No sabía qué replicar. No era su culpa y lo sabía. Fue engañada.
Sí, lo fuiste contestó el recién llegado a sus pensamientos, pero te costó nada hacerlo.
Chilpilla no dijo nada e intentó no pensar.
Necesito gente a mi favor, necesito brujos y hechiceros poderosos para que me sirvan expresó con firmeza, pero no necesito sicarios, que para eso, bastante bien lo hace mi rival. Sonríe como si lo último hubiese sido un gran chiste. Lo que necesito es gente valiente que no tema enfrentarse a sus contrincantes, que no tema luchar por lo que cree y que sea capaz de hacer lo que hay que hacer con decisión.
¿A cambio de qué?
¿Qué te prometió mi enviado?
La vida eterna y el poder.
El líder se echó a reír con burla.
Pides bastante, muchacha.
Si no se puede... Ella se encoge de hombros y hace amago de retirarse.
Claro que puedo darte eso y más. Pero tú debes saber lo que te espera y lo que debes estar dispuesta a hacer. Y por qué te daría a ti, lo que no le doy a otros. ¿Estás dispuesta a hacer todo con tal de obtener aquello que anhelas? ¿Aunque sea mucho peor?
Acabo de matar a mi madre, ¿qué puede ser peor?
Saber que la mataste por el motivo equivocado.
Chilpilla, que iba comprendiendo cómo funcionaba aquello, ladeo la cara e intentó no parecer sorprendida.
¿Y por qué debía matarla?
Porque ella estaba en oposición a mí. Fue muy religiosa.
Pero era mala. La iglesia poco y nada le servía. Además, vivía con las machis de aquí, ayudando a la gente, a los enfermos y todas esas cosas. Era machi (hechicera) de cuna antigua.
Lo sé, pero ella estaba en mi contra, fue una gran hechicera y se volvió mi enemiga. Y debes estar dispuesta a luchar contra quien sea que se oponga a mí y mis leales amigos, entre los que te puedes contar.
Chilpilla le regala una exquisita sonrisa.
¿Qué tengo que hacer?
Es simple le dijo al tiempo que la tomó del codo y caminó con ella bosque adentro, lo primero que haré será prepararte. Debes dejar de sentir miedo, dolor y amor. Y para ello, te voy a adiestrar, te vas a enfrentar a los más terribles sucesos que puedas imaginar; si eres capaz de sobrepasarlos y superarlos, entonces, estarás lista para ser mi bruja. ¿Dispuesta?
¿Voy a obtener lo que quiero?
Nadie más que yo, en persona, podrá destruirte aseguró con voz firme.
¿Y el poder?
Eso dependerá de ti.
Se giró y la miró directo a los ojos, volviendo a traspasarla con su mirada, provocando dolor en todas sus terminaciones nerviosas. Él sonrió, lo sabe, pero ella se mantuvo quieta, sin una sola mueca. Le ganaría a ese dolor y, cuando lo hiciera, sería más fuerte.
Tienes razón.
El hombre siguió caminando sin soltar a la futura hechicera. Podía leer su mente tan claramente que a ratos no sabía si había contestado a sus palabras o a su mente.
Llegaron  a lo profundo del bosque, internados lejos de todo.
Está anocheciendo comentó la muchacha.
Perfecto respondió él.
El otro hombre, el primero que habló a Chilpilla, los seguía muy de cerca.
¿Qué tengo que hacer? interrogó ella curiosa.
Pasarás esta noche y las siguientes 12 noches aquí. Enfrentarás tus peores miedos; tus peores pesadillas se harán realidad. La siguiente luna llena vendré a por ti y, si estás más fuerte, te llevaré conmigo a terminar tu entrenamiento. De otro modo, si no has sido capaz de sobrepasar esto...
¿Qué me pasará? preguntó atemorizada.
Serás mi presa de por vida, jamás morirás, te lo prometí, y tu castigo será eterno.
Chilpilla toma aire y accede a realizar los rituales y las cosas que él ordene.
Te daré un poco de mi fuerza, tu juventud puede jugar en contra, y no quiero perder a alguien con sangre tan valiosa como tú.
Antes que la mujer pudiera notarlo, el hombre se acerca a ella y la besa, pero no fue un beso normal de amor, fue como si hubiese arrojado, dentro de su boca, un humo negro y espeso. Así lo imaginó. Así lo sintió. Lo miró conmocionada.
Agradece este gesto mío, de otro modo, no serás capaz.
En el aire se desapareció tras una niebla oscura que luego de esfumarse, dejó no solo vacío, sino en completo silencio, todo el lugar.

  &&&

Chilpilla... ¡Te estoy hablando! exclamó Isolina, sacándola de sus pensamientos.
¿Qué pasa, Isolina? respondió la bruja, molesta por tener que salir de sus recuerdos.
La noche estaba cayendo y los recuerdos cada vez se agolpaban con más fuerzas.
¿Qué te pasa? Te estaba preguntando qué es lo que pretendes trayendo a los brujos a este lugar. Siempre ha sido solo tuyo, amiga, y ahora lo compartirás con los demás.
Esto estaba previsto, se vienen cosas, Isolina, hechos nada agradables.
¿Qué cosas, Chilpilla?
Cosas... Cosas que nadie espera. Y los brujos deberemos estar más unidos que nunca. De otro modo, todos pereceremos. Y ahora déjame. Necesito pensar.
Chilpilla caminó unos pasos y se sentó bajo la luz de la luna a seguir recordando...




***Espero que les haya gustado esto que en realidad no es el primer capítulo, sino una especie de prólogo, la historia completa la pueden encontrar en Amazon.

Les dejo el Booktrailer