domingo, 2 de agosto de 2026

Lo prometido es deuda

 

Como mencioné en mi post anterior, voy a hablar de ese extraño encuentro con “la muerte”. Yo tenía alrededor de 13 años. Por alguna razón que no me acuerdo, también estaba sola (seguro mis hermanos andaban en otra fiesta). Pero en aquella ocasión, no me dormí en la pieza de las mujeres, me acosté en la pieza de mis hermanos, que tenía ventana y era un poco más amplia.

Me fui a “acostar” temprano, pero solo me senté en la cama con una radio para escuchar música y me puse a escribir.

No pasó nada de tiempo, cuando todo se puso negro. Un negro extraño. Por un momento, pensé que se había cortado la luz. Me iba a levantar cuando vi a un personaje parado a los pies de la cama. Estaba vestido de negro y rojo. No eran harapos, pero era ropa que colgaba.

―Hola ―me dijo con un tono burlón.

A pesar de que yo sabía que no era un ser humano, porque habría sido imposible que entrara sin ser visto, por la forma en la que iba vestido, su estatura y su voz extraña, no me dio miedo.

Me quedé ahí, mirándolo.

―Hola ―volvió a decir.

―Hola. ¿Quién eres?

―La Muerte.

―La muerte ―repetí sin creer―. ¿Qué quieres?

―No me temes.

―Sí.

―Pues yo creo que no.

―Si me quisieras hacer algo, lo habrías hecho.

No dijo nada.

―¿Qué quieres?

―Hablar contigo.

―Yo no quiero hablar.

―No pregunté.

―Entonces habla.

Sinceramente, no sé de dónde salí tan valiente. Por alguna razón, me puse de mal humor, estaba enojada. Después de varias experiencias, todas de noche que no me dejaban dormir y de que nadie me creyera, aunque yo sabía que no era la única que tenía experiencias paranormales en esa casa y en la población, me tenía aburrida.

―Ya no te asustamos.

―Me han asustado mucho.

―Pero ya no.

―No.

―Te puedo llevar conmigo.

―Llévame.

―¿No tienes miedo a morir?

―No. Morir es morir. Morir es fácil.

―Vamos.

De algún modo, aparecimos en el techo de mi casa.

―¿Dónde vamos?

―A pasear. ¿No le temes al infierno?

―¿Cuál infierno?

―¿Crees que te vas a ir al Cielo?

―No sé. Ni siquiera sé si existe eso.

―Existo yo. Y ellos.

De la nada, aparecieron unos bichos extraños, después supe que se llamaban gárgolas, algunas volaban, otras caminaban por los techos. Pasaban por nuestro lado, pero parecía que no nos veían. O si lo hacían, no le llamábamos la atención.

―A lo mejor eres solo una ilusión. Estoy soñando. Esto no puede ser verdad.

―¿Crees que estás soñando? ―Me tomó de la mano saltamos al techo de mi vecina. Un salto largo, de al menos cuatro metros.

―Eso van a decir mis papás mañana ―respondí cuando llegamos al otro techo, con el corazón como un tambor.

―Pero tú sabes que no.

Volamos al otro techo. Y así avanzamos, casi volando por varias casas. Las gárgolas seguían corriendo y volando y, abajo, aparecieron unos enanos, feos y gordos, bueno, se veían feos desde arriba.

Nos detuvimos en el techo de un liceo que había en la esquina de mi casa.

―Mientras no les muestren a ellos, no me van a creer. Van a seguir diciendo que es solo un sueño. Ya ni quiero decir nada, me van a tratar de loca.

―Ellos también han visto.

―No creo.

―No es necesario que creas.

―Pero ellos no me dicen.

―No quieren decirte.

―¿Y por qué yo? ¿Por qué vienes aquí, por qué me siguen molestando?

―No te creas tan especial, no es por ti.

―¿Entonces?

―Es el lugar.

―Ah, bueno, entonces anda a molestar a otro y a mí déjenme dormir.

―Es que solo que tú estás disponible. Sola y con esa oscuridad dentro de ti.

―¿Oscuridad? ¿Soy mala?

―Sigues creyéndote importante.

―Tú me estás diciendo que tengo esa oscuridad dentro de mí. Y sola. Hay mucha gente sola en este pasaje y en esta población.

―La oscuridad no es por ti. Hay una lucha en tu interior. La oscuridad, herencia de tu abuela paterna y la luz, herencia de tus abuelos maternos.

―Ah, ya, claro.

―Solo tú eres la que puedes decidir quién gana.

―¿Ahora sí soy yo?

Asintió con la cabeza antes de subir, desde donde podía ver gran parte de las casas y pasajes, llenos de esas criaturas horroríficas. Un vecino pasó caminando hacia su casa, iba medio borracho, se apretó la chaqueta como si le hubiera dado frío, de repente, una gárgola se le paró delante, no sé si habló con él o qué, pero un par de minutos después desapareció. Él vecino corrió y se apoyó en un árbol frente a mi casa. Parecía que lloraba.

Volando, la muerte me llevó de vuelta al techo de mi casa.

―Si me vas a llevar, llévame ―desafié a pesar del terror, mientras veía al vecino arrodillarse aferrado al árbol, con los enanos a su alrededor haciendo fiesta.

―No vengo a buscarte.

―¿Entonces?

―Quería verte para saber quién va a ganar.

―¿Y?

No puedo estar segura, pero creo que esbozó una sonrisa.

Me abrazó, lo sentí extraño, como si una ráfaga de viento me hubiese atrapado.

Volví a la cama. Con frío. Sentada como antes.

―¿Y? ―repetí la pregunta.

―No sé. Creo que tendré que esperar al día que te vuelva a ver.

―Entonces ándate y déjame dormir. Ya debe ser tarde.

Su risa fue molesta, típica risa malvada.

―Qué dramática tu risa, parece de teleserie.

―Te veo en el futuro.

―¿Qué hay en mi futuro? ―Al parecer no entendí lo que me quiso decir, ahora que lo escribo, me doy cuenta de que me estaba anunciando que nos veríamos de nuevo. Je. Yo creí que me hablaba de esa supuesta guerra interior.

Negó con la cabeza sin decir nada.

Desapareció.

Se fue la negrura.

Estaba amaneciendo.

Otra noche sin dormir.

No le conté a nadie.

Una cosa fue diferente aquel día, muchos vecinos, no solo del pasaje, si no de la población, se quejaron de los ruidos molestos, como si alguien hubiese andado en sus techos, algunos pensaron que andaba algún ladrón, pero era imposible.

El vecino que vi abajo, según me enteré días después, venía borracho, según él, vio un fantasma. Dijo que se le había pasado la borrachera, pero no fue capaz de moverse. Lo habían encontrado abajo del árbol y todos dijeron que había llegado tan tomado que no fue capaz de llegar a su casa, que estaba a dos casas. Nunca más volvió a tomar.

¿Yo sabía la verdad?

Debo decir que esa población sufría de encuentros paranormales, incluso salimos en la televisión por eso, Chilevisión hizo un reportaje hace años, aunque varias semanas no pudieron presentarlo por diferentes “problemas” técnicos.

¿Alguien no quería que saliera a la luz pública?

sábado, 25 de julio de 2026

A temas más peludos

 


Después de contar acerca de algunas vivencias con mis perritos, y de contar que en la casa en la que crecí “penaban”, voy a contar una de las tantas experiencias que viví allí. Una más peluda que mis perros. Al menos así lo viví yo.

Yo debo haber tenido unos doce años, porque mi hermano menor estaba recién nacido. Mis tres hermanos mayores y mi tía fueron a una fiesta, así es que me tuve que acostar sola esa noche.

Para ponerlos en contexto, mi casa era larga, la pieza de mis papás estaba al principio y las piezas de nosotros estaban al fondo. Yo dormía con mi hermana y mi tía (la misma de la historia anterior) en una pieza y mis dos hermanos dormían en la otra pieza.

Bueno, esa noche, me acosté sola, porque los grandes habían salido.

Como siempre, en esa época, me puse a leer, pero cuando empecé a sentir una sensación en mi “guata” (estómago) de miedo, de que algo se venía (cosa que siempre que la sentía pasaba algo malo), tomé la Biblia y me puse a leerla. A esto deben haber sido no más de las diez de la noche. No pasó mucho rato después de que abrí la Biblia, cuando vi “pasar” una luz, era extraña, como brillante-mate, luego otra, y después otra. Y otra. Y muchas.  Si han visto la serie brasileña Moisés y los diez mandamientos, fue algo parecido al ángel de la muerte de los primogénitos. Era muy similar.

Esas “luces” se movían encima de mí, de un lado a otro. Yo solté la Biblia y cuando me bajé de la cama, una de esas luces me agarró del pelo, no me lo tiró, fue como si me lo hubiese tomado…

Intenté correr, pero otra luz me agarró la pierna y me botó. Por suerte, mi pieza no tenía puerta, porque estoy segura de que no habría podido salir. Seguí intentando escapar, pero cada vez que avanzaba (en el suelo porque no me dejaban pararme), me tiraban hacia atrás. Y daba dos braceadas hacia adelante, y me tiraban de los pies hacia atrás.

Yo no podía gritar, era como que la voz no me salía. Y el pasillo se hacía largo. Oscuro. Tenebroso.

Luché por mucho tiempo para llegar a la pieza de mis papás.

Hasta que lo logré.

Ellos tampoco tenían puerta, tenían una cortina en la puerta. Y, cuando la agarré, yo tirada en el suelo, todo cobró vida. Las “luces” desaparecieron. Mis papás se despertaron y prendieron una lámpara. Yo estaba llorando. Miré la hora en el reloj despertador que tenían. Las tres y media de la mañana.

Mi mamá me hizo acostar en la cuna de mi hermano, que lo hizo acostar al lado de ella. Me dijeron que solo había sido una pesadilla, que no pasaba nada, pero yo sabía que no.

Hasta el día de hoy estoy segura de que no lo soñé, porque me había acostado recién y estaba leyendo.

¿Qué fue? ¿Qué eran esas luces? ¿Qué querían? No tengo idea. Nunca lo supe y creo que esa fue una de las que más experiencias que más me marcó, porque luché por horas para avanzar solo diez metros… Y no me creyeron.

Después de eso tuve encuentros extraños con otros seres, que, en mi niñez y sin internet para investigar, tuve que aceptar lo que me decían que eran. Uno, que ni yo me lo creo. Peleé, discutí, con la Muerte toda una noche.

Pero eso, es para otra ocasión.