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lunes, 8 de diciembre de 2014

Mitternatch (Medianoche) E-Nomine


“Justo cuando es medianoche,
la viuda con su lamento,
hace temblar al viajero
cual si fuera pluma al viento” (Letrero de La viuda de Potrerillos)




Un frío gélido me hizo estremecer.
El camino, iluminado solo por las luces delanteras de mi camioneta, hacía del resto del camino, un pozo negro. Por más que lo intentaba, no podía recordar a ciencia cierta el lugar que me rodeaba en ese momento. Llevaba menos de dos meses trabajando en Potrerillos y viviendo en El Salvador,  aquella era la primera vez que hacía ese recorrido de noche. Sabía que no podía perderme, pues era una sola vía. Lo que sucedía era que todo era tan parecido allí...  Desiertos y cerros que parecían uno solo de tan iguales.
Miré mi celular, tras la indicación de “Sin señal”, aparecía la hora: once cincuenta. Casi medianoche y recién estaba regresando a casa con mi mujer. Un problema en la fundición me retrasó aquel día.
Un nuevo frío congelante traspasó mis huesos e hizo un recorrido desde la base del cuello hasta el final de mi columna vertebral.
Sin querer, recordé las leyendas de La Viuda y la Carreta, que existen en esa ruta. Me reí de mismo. Yo, un ingeniero civil en minas, ateo y muy práctico no podía creer en esas tonterías. Comencé a pensar en las mil historias que de niño me contaba mi abuelo y que no eran más que supercherías de viejos que cada suceso natural lo convertían en algo paranormal  y fantasio...
Las  ruedas de mi camioneta rechinaron sobre el asfalto al detenerla de manera tan brusca para hacerle el quite a la mujer que se me puso por delante, por lo cual el coche patinó y fue a dar a la berma. ¿Qué hacía esa mujer parada en medio de la carretera? Maldije para mis adentros y bajé de mi vehículo enfurecido para constatar que se encontrara bien, aunque, a juzgar por su postura, todavía de pie en medio de la calzada, se encontraba en perfectas condiciones.
Caminé enfurecido hacia ella y cuando estaba a menos de un metro de distancia, desapareció tal como había aparecido, de la nada, como si nunca hubiese estado allí.
Estoy alucinando, me dije en voz alta, no sé si porque lo pensaba de verdad o para convencerme a mí mismo.
Giré sobre mis talones, más enojado aún, y miré la camioneta. Por un segundo no pude respirar. El vehículo había quedado atravesado en la berma, justo al lado de la roca de La Viuda, con sus luces iluminando el letrero.  Un escalofrío recorrió mi cuerpo. La sangre se me heló, pero muy pronto me recobré. Yo no creía en esas cosas y no iba a empezar a creer ahora.
Apresurado, me subí al carro. Miré el reloj de mi celular, las doce y dos minutos. Resoplé poniendo mis dos manos sobre el volante para tranquilizarme. Aunque no lo quisiera admitir, estaba un poco asustado.
A punto estaba de girar la llave para echar a andar el motor, cuando un alarido desgarrador me hizo estremecer. Cogí una linterna de emergencia de la guantera y volví a salir de la camioneta. Si esto era una broma de mal gusto, me la pagarían.
Todo estaba demasiado oscuro, la luna apenas sí alumbraba las siluetas de los cerros y las luces de mi camioneta no alcanzaban a iluminar más que unos pocos metros adelante. Algo estaba pasando en ese lugar y lo averiguaría. Para mí, todo siempre tiene una explicación racional y esta vez no sería la excepción.
Una corriente de aire pasó por mis oídos y se instaló en mi cuero cabelludo. Una silueta pasó por mi lado. Pero no podía moverme, no era capaz de hacerlo. En ese momento sí sentí miedo, debo confesarlo.
Una mujer se paró frente a mí, salió de la oscuridad. Era una mujer hermosa, en realidad, su belleza era extraña. Si hubiese creído en fantasmas, hubiera dicho que esa belleza era fantasmal, pero no creía en ellos.
—Uno nunca debería sufrir por amor —comenta como si estuviera hablando del tema desde antes.
—¿Quién eres?
—Mi nombre no importa.
—¿Qué quieres? ¿Qué pretendías parándote en medio de la carretera? 
—Detenerte, ¿qué más?
—¿¡Por qué?!
—Porque tu esposa no merece sufrir.
Pensando que aquella no era más que una broma, me di la vuelta para volver a la camioneta, pero un soplido en mi oído me congeló, literalmente, todo el cuerpo.
—No te vayas —susurró la mujer, la sentí como si estuviese dentro de mi cabeza.
Caminé con dificultad, pero no pude avanzar más que unos cuantos pasos. Quería gritarle que me dejara ir, que esto no estaba pasando, que yo no creía en brujos ni fantasmas, pero no era capaz de articular palabra.
La mujer apareció delante de mí y me miró con sus profundos ojos negros. Movía la cabeza lentamente como estudiando cada uno de mis rasgos. La desesperación se apoderaba cada vez más de mí. Quería moverme y salir de ese lugar.
—Tu esposa te ama.
Claro que lo sabía, yo también la amaba.
La mujer se movió hacia mí y me atravesó. ¡Me atravesó! ¿Cómo podía ser posible eso?
Me di la vuelta con rapidez y ahí, justo frente a mí, a dos centímetros de mi cara estaba ella, sus ojos, como dos agujeros negros, me paralizaron. Esto iba en contra de todo lo que creía.
Decidido a dejar esta experiencia atrás, giré y avancé a la camioneta, cuando la oí gemir. Lloraba. Su llanto era tan triste y desolado como los parajes en los que estábamos. Dudé un momento, pero no pude dejarla allí tan sola. Aunque fuera un fantasma. Me acerqué y busqué su mirada.
—Nadie debería sufrir por amor —aseguró.  
Un golpe seco en el cerro colindante me llamó la atención, pero no se veía nada, al volver la vista, la mujer había desaparecido. Miré a todos lados en su busca, pero nada.
Sentí como si alguien soplara en mi nuca y un escalofrío recorrió mi espina dorsal.
Me subí a la camioneta aprisa. Miré la hora. Las doce y media. Eché a andar el vehículo y un grito salió de mi seca garganta al ver a la mujer sentada a mi lado.
—No te vayas —repitió como antes y volvió mi sangre a helarse.
—Debo irme, mi mujer me espera.
—No —sentenció y todo se me fue a negro.
Han pasado cinco años de aquello y solo una razón ha hecho que no me vuelva loco pensando en si pasó todo esto o lo imaginé. Me encontraron al día siguiente. Estaba inconsciente con la puerta de mi camioneta abierta. Pensaron que me dormí y descarrilé quedando sobre la berma. Dejé que lo creyeran cuando me enteré, aquel mismo día, que dos hombres habían perdido el control de su vehículo en dirección opuesta a mi camino, de haber seguido viaje, me hubieran chocado y hubiese muerto. El suyo era un camión de carga.
Averiguando acerca de la leyenda, encontré muchas versiones, pero una me llamó especialmente la atención. La que dice que una mujer perdió a su amado en esas latitudes y ella, buscando y buscando a su amor perdido, murió de hambre, sed, calor y frío. Ahora, ayuda a quienes van por el camino. A mí me ayudó, de no ser por ella, aquella noche hubiese muerto. Solo mi esposa sabía mi historia, primera vez que la cuento a otros. Yo no creía en cuentos de viejos. Y sigo sin creer. Porque ahora estoy seguro que esto existe. No necesito creer. A veces, cuando paso por allí, especialmente de noche, levanto mi mano a manera de saludo y sé, por el frío que congela mi espalda, que ella también, a su modo, me saluda. Quisiera encontrar la forma de ayudarla a salir de esa cárcel, del tormento de vagar por el desierto sin encontrar reposo, si sabes alguna manera, házmelo saber, porque no descansaré hasta que ella también lo haga y deje de sufrir y llorar por su amor perdido.


Relato corto que participa en la Antología Musical de Inquisición Wattpadiana 


jueves, 13 de marzo de 2014

Cuentos por la vida. Antología Todos con Idaira



CUENTOS POR LA VIDA es una antología a favor de una niña de dos años, Idaira, que sufre una enfermedad rara: Atrofia Muscular Espinal (AME) tipo I, una enfermedad para la cual no hay tratamiento, mucho menos cura. La sobrevida de estos niños apenas supera los dos años, por lo que a Idaira le queda poco tiempo. Si bien es cierto, Idaira no podrá beneficiarse de los adelantos médicos que se puedan conseguir, lo que quieren sus padres es que este tipo de enfermedades no se dejen de lado por ser pocos los que la padecen, al contrario, que se busque la manera de encontrar un tratamiento, una cura para todos los niños que nacerán con este problema. 
Siempre se dice que los hijos no son nuestros, son prestados, pero tener un hijo con fecha de caducidad, por así decirlo, no es fácil. Esperar, impotente, que tu hijo deje este mundo, es un dolor constante, una preocupación que no deja vivir. 
Y el hecho de verlos a ellos sin poder llevar una vida normal , Idaira jamás podrá gatear, caminar o sentarse solita... Cosas tan simples para los demás niños. 

Por esa razón y apoyando esta causa, es que un grupo de escritores, incentivados por Encarni Arcoya, nos hemos reunido para hacer una Antología de cuentos, llamado "Cuentos por la vida. Antología Todos con Idaira", en el cual, con mucho orgullo, estoy participando con mi primer cuento infantil: La oruga más bella de todas. 
Para colaborar con esta linda iniciativa, pueden entrar Aquí y puedes ayudar comprando un libro (por anticipado) en E-book o en físico por unos cuantos euros, de los cuales obtendrás royalties de las ventas, los cuales podrás donar a la causa posteriormente, si así lo deseas. 






Algunas ilustraciones de cuentos participantes: 







Un extracto de mi cuento: 


Sin saber muy bien cómo, por la noche no sintió frío y cuando se dio cuenta, tenía una frazada de seda que la rodeaba por completo. Y como estaba tan cansada, se quedó allí mismo, sin preocuparse de nada. Y durmió. Durmió. Durmió. Muchos días. Demasiados días.
Y siguió durmiendo.
Al despertar, se sentía diferente. Parecía otra. Pero no lograba darse cuenta de lo que era. Se levantó. Le costó sacar esa frazada de seda que se había cristalizado. Entonces se dio cuenta. ¡Tenía alas! 


Puedes ver el vídeo aquí