jueves, 27 de agosto de 2026

Mi primer perrito

 

Como dije en la entrada anterior, no todo era raro o feo en mi infancia y hoy voy a hablar de mi perrito, al que ya mencioné antes.

Se llamaba Titán, era un perro naranja, alto y flaco, muy fiel y amoroso, ladraba poco y no era maldadoso.

En realidad, ese perro no era nuestro, él nos eligió.

Cuando mis papás llegaron a esa casa, las divisiones entre casas eran de alambre. Las casas eran pareadas. Entonces, por un lado, teníamos patio colindante con la casa del lado y por el otro con la pared.

Bueno, los vecinos de patio tenían al Titán y mi papá llevó un perro buldog, pero los dos se intercambiaban de casa. No había caso de que se quedara cada uno en su casa. Al final, nosotros nos quedamos con el Titán y los vecinos con el buldog.

Estuvo con nosotros muchos años, por lo que hay muchas historias que contar. Por ejemplo, una Navidad, mi papá se disfrazó de Viejito Pascuero, pero él no lo reconoció y creyó que era un ladrón, así es que mi papá tuvo que salir arrancando y sacarse el disfraz, porque el Titán no quería dejarlo entrar. Creo que era un Grinch disfrazado de perro (a mí tampoco me gustaba el Viejito Pascuero, esa noche yo me escondí debajo de la cama y no quise salir por mucho rato; también tengo una foto en la que fuimos a ver a un Viejito Pascuero y yo salgo en los brazos de mi mamá porque no quise que él me tomara ni acercarme a él 😅).

A mí me gustaba mucho bailar, y como teníamos un patio grande, yo practicaba allí, y él aprendió conmigo. Me seguía en los pasos. Si hubiera sido hoy, habría sido un perro viral. Ah, pero cuando me subía al techo para sacar uvas, era el primero el acusarme. Ahí sí le salía la voz y ladraba hasta que me pillaban.

Mi Titán era hermoso, aunque yo les tenía miedo a los perros, él era distinto, era muy cariñoso y cuidadoso conmigo. Cuando era más chica, a veces me subía en su lomo y jugábamos a que él era un caballo y yo una vaquera del Viejo Oeste.

Sinceramente, no recuerdo cuándo ni cómo murió. Seguro fue de viejito, porque tenía muchos años. Pero creo que murió tranquilo, porque no estaba enfermo.  

La próxima vez, voy a hablar de mi otro perrito, Nicky. 

viernes, 21 de agosto de 2026

El exorcismo en la Juanita Aguirre

 


Después de pasar un poco de susto por las intensas lluvias en mi ciudad, ubicada en el desierto más árido del mundo, vuelvo aquí.

Para los que no saben, llovió casi toda una semana, 3 a 4 mm por día, hasta el peor día en el que llovió aproximadamente 15 mm, en algunos lugares de la región incluso llegó a llover más de 25mm; hubo aluviones, deslizamientos de tierra y cortes de camino. Para que se hagan una idea de la dimensión, porque así no parece tanto, al año aquí llueve entre 0,5mm y 1,5 mm, o sea, llovió en unas horas, lo que llueve como en 10 años. La tierra no está preparada para eso, no es una tierra que absorba el agua, menos agua dulce, porque más encima somos una ciudad costera, donde todo es sal. Pero, al menos, no hay mayores desgracias que lamentar, se hizo todo para que tuviera el menos impacto posible.

Bueno, pasemos a lo nuestro.

La vez pasada les conté acerca de algunas cosas que viví en la población donde viví, la Juanita Aguirre. Por muchos años, se hablaban de cosas paranormales sucedidas allí, visiones de seres extraños, molestosos espíritus que a veces hacían daño y otras veces solo parecían jugar.

Hubo un caso excepcional que fue investigado por el programa Contacto, la verdad es que no lo he encontrado, como tampoco un programa de Chilevisión, que investigaba los casos paranormales. En el programa específico de ChV, pasaron varias semanas antes de que pudieran transmitirlo, por alguna u otra razón, se debía postergar. Teníamos un grupo de Facebook de la población y todos esperando el dichoso programa, listos para comentar, y nada. Al final, lo dieron una noche en la que nadie lo esperaba .

Lo que sí encontré, fue un video de un chico que habla del exorcismo más conocido de la población (aunque me consta que hubo otros y algunos casos de ataques de espíritus que no salieron a la luz pública por vergüenza). 

Les dejo el enlace para que lo vean. Y me crean.

Pronto estaré contándoles más historias de mi infancia, aunque no todas serán de terror, también hubo cosas lindas. 

 

El exorcismo en la Juanita Aguirre

domingo, 2 de agosto de 2026

Lo prometido es deuda

 

Como mencioné en mi post anterior, voy a hablar de ese extraño encuentro con “la muerte”. Yo tenía alrededor de 13 años. Por alguna razón que no me acuerdo, también estaba sola (seguro mis hermanos andaban en otra fiesta). Pero en aquella ocasión, no me dormí en la pieza de las mujeres, me acosté en la pieza de mis hermanos, que tenía ventana y era un poco más amplia.

Me fui a “acostar” temprano, pero solo me senté en la cama con una radio para escuchar música y me puse a escribir.

No pasó nada de tiempo, cuando todo se puso negro. Un negro extraño. Por un momento, pensé que se había cortado la luz. Me iba a levantar cuando vi a un personaje parado a los pies de la cama. Estaba vestido de negro y rojo. No eran harapos, pero era ropa que colgaba.

―Hola ―me dijo con un tono burlón.

A pesar de que yo sabía que no era un ser humano, porque habría sido imposible que entrara sin ser visto, por la forma en la que iba vestido, su estatura y su voz extraña, no me dio miedo.

Me quedé ahí, mirándolo.

―Hola ―volvió a decir.

―Hola. ¿Quién eres?

―La Muerte.

―La muerte ―repetí sin creer―. ¿Qué quieres?

―No me temes.

―Sí.

―Pues yo creo que no.

―Si me quisieras hacer algo, lo habrías hecho.

No dijo nada.

―¿Qué quieres?

―Hablar contigo.

―Yo no quiero hablar.

―No pregunté.

―Entonces habla.

Sinceramente, no sé de dónde salí tan valiente. Por alguna razón, me puse de mal humor, estaba enojada. Después de varias experiencias, todas de noche que no me dejaban dormir y de que nadie me creyera, aunque yo sabía que no era la única que tenía experiencias paranormales en esa casa y en la población, me tenía aburrida.

―Ya no te asustamos.

―Me han asustado mucho.

―Pero ya no.

―No.

―Te puedo llevar conmigo.

―Llévame.

―¿No tienes miedo a morir?

―No. Morir es morir. Morir es fácil.

―Vamos.

De algún modo, aparecimos en el techo de mi casa.

―¿Dónde vamos?

―A pasear. ¿No le temes al infierno?

―¿Cuál infierno?

―¿Crees que te vas a ir al Cielo?

―No sé. Ni siquiera sé si existe eso.

―Existo yo. Y ellos.

De la nada, aparecieron unos bichos extraños, después supe que se llamaban gárgolas, algunas volaban, otras caminaban por los techos. Pasaban por nuestro lado, pero parecía que no nos veían. O si lo hacían, no le llamábamos la atención.

―A lo mejor eres solo una ilusión. Estoy soñando. Esto no puede ser verdad.

―¿Crees que estás soñando? ―Me tomó de la mano saltamos al techo de mi vecina. Un salto largo, de al menos cuatro metros.

―Eso van a decir mis papás mañana ―respondí cuando llegamos al otro techo, con el corazón como un tambor.

―Pero tú sabes que no.

Volamos al otro techo. Y así avanzamos, casi volando por varias casas. Las gárgolas seguían corriendo y volando y, abajo, aparecieron unos enanos, feos y gordos, bueno, se veían feos desde arriba.

Nos detuvimos en el techo de un liceo que había en la esquina de mi casa.

―Mientras no les muestren a ellos, no me van a creer. Van a seguir diciendo que es solo un sueño. Ya ni quiero decir nada, me van a tratar de loca.

―Ellos también han visto.

―No creo.

―No es necesario que creas.

―Pero ellos no me dicen.

―No quieren decirte.

―¿Y por qué yo? ¿Por qué vienes aquí, por qué me siguen molestando?

―No te creas tan especial, no es por ti.

―¿Entonces?

―Es el lugar.

―Ah, bueno, entonces anda a molestar a otro y a mí déjenme dormir.

―Es que solo que tú estás disponible. Sola y con esa oscuridad dentro de ti.

―¿Oscuridad? ¿Soy mala?

―Sigues creyéndote importante.

―Tú me estás diciendo que tengo esa oscuridad dentro de mí. Y sola. Hay mucha gente sola en este pasaje y en esta población.

―La oscuridad no es por ti. Hay una lucha en tu interior. La oscuridad, herencia de tu abuela paterna y la luz, herencia de tus abuelos maternos.

―Ah, ya, claro.

―Solo tú eres la que puedes decidir quién gana.

―¿Ahora sí soy yo?

Asintió con la cabeza antes de subir, desde donde podía ver gran parte de las casas y pasajes, llenos de esas criaturas horroríficas. Un vecino pasó caminando hacia su casa, iba medio borracho, se apretó la chaqueta como si le hubiera dado frío, de repente, una gárgola se le paró delante, no sé si habló con él o qué, pero un par de minutos después desapareció. Él vecino corrió y se apoyó en un árbol frente a mi casa. Parecía que lloraba.

Volando, la muerte me llevó de vuelta al techo de mi casa.

―Si me vas a llevar, llévame ―desafié a pesar del terror, mientras veía al vecino arrodillarse aferrado al árbol, con los enanos a su alrededor haciendo fiesta.

―No vengo a buscarte.

―¿Entonces?

―Quería verte para saber quién va a ganar.

―¿Y?

No puedo estar segura, pero creo que esbozó una sonrisa.

Me abrazó, lo sentí extraño, como si una ráfaga de viento me hubiese atrapado.

Volví a la cama. Con frío. Sentada como antes.

―¿Y? ―repetí la pregunta.

―No sé. Creo que tendré que esperar al día que te vuelva a ver.

―Entonces ándate y déjame dormir. Ya debe ser tarde.

Su risa fue molesta, típica risa malvada.

―Qué dramática tu risa, parece de teleserie.

―Te veo en el futuro.

―¿Qué hay en mi futuro? ―Al parecer no entendí lo que me quiso decir, ahora que lo escribo, me doy cuenta de que me estaba anunciando que nos veríamos de nuevo. Je. Yo creí que me hablaba de esa supuesta guerra interior.

Negó con la cabeza sin decir nada.

Desapareció.

Se fue la negrura.

Estaba amaneciendo.

Otra noche sin dormir.

No le conté a nadie.

Una cosa fue diferente aquel día, muchos vecinos, no solo del pasaje, si no de la población, se quejaron de los ruidos molestos, como si alguien hubiese andado en sus techos, algunos pensaron que andaba algún ladrón, pero era imposible.

El vecino que vi abajo, según me enteré días después, venía borracho, según él, vio un fantasma. Dijo que se le había pasado la borrachera, pero no fue capaz de moverse. Lo habían encontrado abajo del árbol y todos dijeron que había llegado tan tomado que no fue capaz de llegar a su casa, que estaba a dos casas. Nunca más volvió a tomar.

¿Yo sabía la verdad?

Debo decir que esa población sufría de encuentros paranormales, incluso salimos en la televisión por eso, Chilevisión hizo un reportaje hace años, aunque varias semanas no pudieron presentarlo por diferentes “problemas” técnicos.

¿Alguien no quería que saliera a la luz pública?

sábado, 25 de julio de 2026

A temas más peludos

 


Después de contar acerca de algunas vivencias con mis perritos, y de contar que en la casa en la que crecí “penaban”, voy a contar una de las tantas experiencias que viví allí. Una más peluda que mis perros. Al menos así lo viví yo.

Yo debo haber tenido unos doce años, porque mi hermano menor estaba recién nacido. Mis tres hermanos mayores y mi tía fueron a una fiesta, así es que me tuve que acostar sola esa noche.

Para ponerlos en contexto, mi casa era larga, la pieza de mis papás estaba al principio y las piezas de nosotros estaban al fondo. Yo dormía con mi hermana y mi tía (la misma de la historia anterior) en una pieza y mis dos hermanos dormían en la otra pieza.

Bueno, esa noche, me acosté sola, porque los grandes habían salido.

Como siempre, en esa época, me puse a leer, pero cuando empecé a sentir una sensación en mi “guata” (estómago) de miedo, de que algo se venía (cosa que siempre que la sentía pasaba algo malo), tomé la Biblia y me puse a leerla. A esto deben haber sido no más de las diez de la noche. No pasó mucho rato después de que abrí la Biblia, cuando vi “pasar” una luz, era extraña, como brillante-mate, luego otra, y después otra. Y otra. Y muchas.  Si han visto la serie brasileña Moisés y los diez mandamientos, fue algo parecido al ángel de la muerte de los primogénitos. Era muy similar.

Esas “luces” se movían encima de mí, de un lado a otro. Yo solté la Biblia y cuando me bajé de la cama, una de esas luces me agarró del pelo, no me lo tiró, fue como si me lo hubiese tomado…

Intenté correr, pero otra luz me agarró la pierna y me botó. Por suerte, mi pieza no tenía puerta, porque estoy segura de que no habría podido salir. Seguí intentando escapar, pero cada vez que avanzaba (en el suelo porque no me dejaban pararme), me tiraban hacia atrás. Y daba dos braceadas hacia adelante, y me tiraban de los pies hacia atrás.

Yo no podía gritar, era como que la voz no me salía. Y el pasillo se hacía largo. Oscuro. Tenebroso.

Luché por mucho tiempo para llegar a la pieza de mis papás.

Hasta que lo logré.

Ellos tampoco tenían puerta, tenían una cortina en la puerta. Y, cuando la agarré, yo tirada en el suelo, todo cobró vida. Las “luces” desaparecieron. Mis papás se despertaron y prendieron una lámpara. Yo estaba llorando. Miré la hora en el reloj despertador que tenían. Las tres y media de la mañana.

Mi mamá me hizo acostar en la cuna de mi hermano, que lo hizo acostar al lado de ella. Me dijeron que solo había sido una pesadilla, que no pasaba nada, pero yo sabía que no.

Hasta el día de hoy estoy segura de que no lo soñé, porque me había acostado recién y estaba leyendo.

¿Qué fue? ¿Qué eran esas luces? ¿Qué querían? No tengo idea. Nunca lo supe y creo que esa fue una de las que más experiencias que más me marcó, porque luché por horas para avanzar solo diez metros… Y no me creyeron.

Después de eso tuve encuentros extraños con otros seres, que, en mi niñez y sin internet para investigar, tuve que aceptar lo que me decían que eran. Uno, que ni yo me lo creo. Peleé, discutí, con la Muerte toda una noche.

Pero eso, es para otra ocasión.

miércoles, 15 de julio de 2026

Sigo con los perritos

Iba a seguir en orden, pero me decidí a seguir con los perritos que tuve en mi vida. Con las mascotas en realidad.

Mi primer perro, al menos del que tengo recuerdos, fue Titán, un perro amarillo grande, parecía caballo. Yo lo veía grande, tenía poco más de diez años cuando se fue. Con él tuve una de mis tantas experiencias sobrenaturales.

La casa en la que me crie era especial, allí pasaban muchas cosas inexplicables, a nadie le gustaba quedarse solo ahí.

Una tarde, estaba mi tía, Jacqueline (que es como mi hermana mayor) y yo con el Titán. Nos sentamos a la entrada de la puerta del comedor que daba a un patio lateral. Ella se estaba maquillando y yo la miraba mientras escuchábamos música. De repente, el Titán se levantó, paró las orejas y se fue al fondo del patio a ladrar a la última pieza (que era el lugar más “macabro”). La cosa es que dejó de ladrar y llegó llorando a nuestro lado. Al ratito volvió a hacer lo mismo; se fue a ladrar a la pieza del fondo y de allá volvió llorando, buscando protección. Entonces, nosotras, muy valientes, nos paramos… y salimos a la calle.

La casa tenía un portón de madera que dividía el antejardín del patio, y después venía la reja de calle. Nosotras nos quedamos entre la reja y el portón por casi una hora. Hasta que ya vimos que el perro no volvía a ladrar a la pieza.

Cuando íbamos a cerrar el portón, escuchamos la voz de mi hermana que nos dijo: “Y me van a dejar afuera?”. Con la Jacque nos miramos y abrimos ella abrió el portón, sorprendidas porque no habíamos visto que viniera, se suponía que andaba estudiando con una compañera y no llegaría sino hasta las seis, y eran casi las cinco. Cuando nos asomamos, no había nadie. Nos encogimos de hombros y mi tía volvió a cerrar el portón. Y la voz de la Loren: “¿Me van a dejar afuera? Que son paleteadas”. Abrimos y no había nadie. Miramos por si se había escondido detrás de un árbol, de algún murito, cosa casi imposible, pero pensamos que nos estaba haciendo una broma. En esto, el Titán estaba llora que llora. Volvimos a entrar, cerramos el portón y otra vez: “Ya, son paleteadas, me van a dejar afuera”.

Ahí salimos y nos quedamos en la calle hasta que llegaron mis papás. Ellos dijeron que había sido nuestra imaginación, nada más. Pero nosotras sabemos lo que escuchamos.

A todo esto, mi hermana llegó a las seis, como había dicho, y dijo que no había andado por ahí en toda la tarde.

El Titán murió poco después de eso.

Después llegó el Skipy, no duró mucho, era un poodle que poco después de llegar lo robaron. Nunca lo pudimos recuperar.

Después vino el Nicky. Ese perrito era especial. Era chiquito. Su mamá era pequeñita, su papá era grandote, pero se amaban, papá y mamá siempre estuvieron juntos y tuvieron varias camadas. Él siempre esperaba como si fuera un papá humano, cuando ella estaba de parto. El Nicky nació en su último parto. Siempre tenía perros chiquitos, pero esa vez, le nació uno grande como el papá, así es que tuvieron que hacerle cesárea y aprovecharon de esterilizarla para que no volviera a tener problemas. Nicky era el más pequeño de todos sus hermanos y mi familia me dijo que ese perrito no sobreviviría. Y pues sí lo hizo.

Le dio distemper, el veterinario no le dio vida, pero de todas maneras le inyectó la medicina. Si sobrevivía esa noche, podía darse por sanado. Fue atropellado por una micro y caminaba con las dos patitas de adelante, hasta que se curó y pudo volver a caminar. Peleaba con cualquiera que quisiera hacerme algo y siempre ganaba. Era mi fiel compañero.

Cuando tenía unos siete años con nosotros, nos fuimos a vivir de Santiago a Antofagasta. Él se iba a quedar con mi hermano en su casa. Pero el Nicky se arrancaba y se quedaba a la entrada de la casa. Hasta que mi papá lo mandó a buscar. Lo mandaron en avión. Dice mi hermano que camino al aeropuerto, el Nicky lloraba con lágrimas. Tal vez pensaba que iban a botarlo.

Llegó a Antofagasta y se puso feliz, aunque apenas tenía ánimos para mover su colita. Esa misma noche falleció. Al parecer de depresión.

Esos fueron los perritos que tuve de soltera. Después contaré los perritos que tuve de casada.

domingo, 12 de julio de 2026

Mi primer recuerdo


Aquí voy a contar partes de mi vida, historias que me marcaron de una forma u otra.

Voy a partir por lo primero que marcó mi vida de una forma literal. Sinceramente, no tengo recuerdos de eso, pero sí tengo las marcas.

Yo tenía unos cuatro o cinco años, salía muy poco a jugar, no me gustaba salir, y aquel día se me ocurrió salir. Vivíamos en un pasaje muy amigable donde todos crecimos juntos. Los matrimonios eran casi todos jóvenes que recién estaban formando su vida con niños pequeños y otros que nacieron en la flamante nueva población de la Juanita Aguirre (comuna de Conchalí, Santiago, Chile).

El problema de ese día en particular es que afuera había unos perros que se pusieron a pelear y yo quedé en medio de ellos (al parecer los perros no eran tan amigables como las personas).  

Como dije, no me acuerdo mucho de eso, tengo flechazos de recuerdos en mi mente. Como los perros encima de mí, sus dientes, el agua que tiraban las vecinas para separarlos. Los gritos. No el dolor.

Gracias a Dios, no fue peor. A esa edad, podrían haberme matado, sin embargo, solo me mordieron la pierna. Hasta el día de hoy tengo las cicatrices de los puntos. Trece puntos me pusieron y me molestaban con que me había ganado la Polla gol, un juego de azar que se ganaba si tenías los trece puntos.

Recuerdo que me quedaba en el sillón de cuero beige viendo televisión porque estaba vendada y no podía moverme, correr o caminar, lo cual, sinceramente, no era un problema para mí, porque no me importaba. No era una niña común. Yo prefería leer o dibujar, inventar historias en mi cabeza; siempre estaba en las nubes. Era verano, así es que también podía comer muchas frutas tirada en el sillón.

Mi relación con los perros siempre fue conflictiva. Después de eso, me mordieron varias veces, yo era su “casera”. Tengo una cicatriz en el muslo por la mordida de un perro policial en Navidad. Me mordió un dóberman y quedé colgando de la axila en su colmillo. Y así, tuve varios encontrones con los perros, donde ellos siempre ganaron.

Por eso, con los años, ver un perro era sinónimo de empezar a transpirar, que mi corazón se acelerara y mis piernas flaquearan. Hasta que un día, una amiga, Isabel Berríos, me enseñó un verso que dijo me ayudaría a que los perros no se me tiraran. Ese verso lo repetí por años cada vez que veía un perro.

Cuando ya fui grande, el miedo fue pasando, entendí que los perros huelen el miedo y lo toman como un ataque; que ellos solo se defienden. Aun así, a veces veo un perro desconocido que me mira con su cara de: “atrévete a pasar por aquí” y en mi cabeza repito la oración: San Roque, San Roque, que este perro no me mire ni me toque”, tres veces. Por arte de magia, por milagro, porque me relajo o porque San Roque viene a socorrerme, los perros se van, me dan la espalda o pasan de largo, como si yo no existiera.

Creo que nunca se lo he dicho, pero estoy muy agradecida de mi amiga por enseñarme ese rezo. Me ha ayudado a salir airosa de muchas situaciones peligrosas y otras vergonzosas, sobre todo cuando se trata de pequeños perros poodles.

Así es que así es como empiezo esta nueva parte de mi blog, contando mi difícil relación con los perros, que, no se confundan, me gustan mucho y he tenido varios perros en mi vida, pero eso da para otro capítulo, porque si se parecen a sus dueños, yo soy la más loca de toda la galaxia a juzgar por cómo eran los perritos que he tenido.

Y bueno, debo decir que esa primera experiencia, me dejó un trauma que no supe ver hasta hace unos años. Yo siempre que me duchaba, me bañaba en la playa o piscina, no podía mojarme la cara; sentía que me iba a morir, era una sensación horrible. De hecho, para ducharme, yo usaba una toalla exclusiva para secarme la cara a medida que me bañaba, porque una gota era suficiente para que yo me desesperara. Y la verdad es que nunca supe por qué, no entendía. Tampoco le di mucha importancia porque pensaba que era algo “con lo que nací”, si desde que era chica me pasaba. Un día, hablando con mi sicólogo, tocamos el tema de los perros y ahí me di cuenta de que una de las cosas que recordaba en esos flashes de recuerdos, era precisamente el agua que tiraban las vecinas para que los perros se apartaran. Y esa agua me llegaba a la cara, de ahí mi miedo, inconsciente, de que me iba a morir si me llegaba el agua a la cara. Tal vez, dentro de todo lo que viví en ese momento (que no recuerdo del todo), asociaba el agua con la sensación de que me iba a morir mordida por los perros.

Bueno, esa es mi experiencia con los perros. Mi primer recuerdo, uno de los pocos de mi niñez que me acompañan hasta el día de hoy.

No es un buen recuerdo, pero es un milagro que siga viva después de estar en medio de una jauría de perros y debería agradecer cada día seguir aquí.