Nicky se llamaba mi segundo perrito.
Después de unos días de vacaciones en casa de mi tía Oriana, una
relación “legal” complicada porque en realidad no era nada mío, adopté a mi Nicky.
Mi tía Gladys, la hermana de mi papá, se casó con mi tío
Juan. Tuvieron cuatro hijos. Ella murió, pero nunca hubo un distanciamiento
entre las familias. Él se volvió a casar y Oriana, su nueva esposa, pasó a ser
nuestra tía. Tuvieron dos hijos más, más o menos de mi edad.
Y ahí fue donde pasé unos días un verano cuando tenía unos
doce años.
Ellos tenían una perrita pequeñísima, parecía gato grande, y
su “marido”, un vecino con el único con el que tenía perritos era un tremendo
perro, como tres veces el porte de ella. En ese verano ella tuvo perritos. Fue
el último parto porque siempre tenía perritos chicos como ella, pero en esa
ocasión, le nació uno como el papá. Encima, tuvo como ocho perritos. Le
hicieron cesárea y la esterilizaron. Cabe destacar que el papá de los cachorros
esperó todo el rato afuera, lo único que le faltaba era un habano para parecer
padre primerizo.
Entre esos perritos estaba el Nicky. Siempre lo dejaban de
lado, apenas comía, había que ponerlo para tomar lechita de la mamá. Lo elegí a
él. Todos me dijeron que no, porque moriría, no era muy vivaracho. Igual me lo
dejé.
Era muy inteligente y, al final, fue el único que sobrevivió
a sus hermanos.
En una ocasión le dio distemper. Mi papá llamó al
veterinario, le dieron remedios y nos dijo que tal vez no pasaría de esa noche.
Al otro día, amaneció como si nunca hubiera estado enfermo.
En otra ocasión, íbamos por una avenida, cuando un perro
grande me salió persiguiendo, él se le atravesó al perro y se hizo seguir,
venía una micro y el Nicky se tiró debajo de la micro, el Nicky se agachó en el
medio y al perro grande lo atropellaron. Era un perro que siempre estaba
mordiendo gente, así es que, en realidad, nadie lo echó de menos. Nunca quiso
ir a vivir con nadie y era muy agresivo.
Cuando nos vinimos a vivir a Antofagasta (vivía en Santiago
todavía), lo dejamos con mi hermano. En esos tiempo no era como ahora, que los
perritos pueden viajar en avión y es algo casi normal. En esa época no era
fácil traerlo.
Mi hermano nos llamó diciendo que el perrito se escapaba
todos los días y se iba a la puerta de la casa en la que vivíamos y no quería
comer ni nada. Así es que mi papá lo mandó a buscar. Dice mi hermano que camino
al aeropuerto, el perrito iba mirando para atrás en el auto y le corrían las
lágrimas. Tal vez pensó que lo iban a botar.
Cuando llegó a Antofagasta, se alegró, movía su colita e
intentó jugar, pero estaba malito, muy deprimido. Murió esa misma noche. Al
menos con la alegría de volver a vernos.
Yo sufrí mucho con eso, era mi perrito y llevaba casi siete
años conmigo.
Todavía recuerdo su
carita de felicidad cuando nos vio y se dio cuenta de que no lo habían botado,
si no que lo habían llevado de vuelta con su familia.
Él y mi Reina fueron mis dos perritos más amados y por los
que más sufrí cuando murieron.
La próxima historia será de mi pequeña Reina que duró conmigo solo unos meses, pero me llenó de alegrías que nunca pensé podría hacerlo una perrita. Sobre todo, en ese tiempo, en que los animales solo eran mascotas.
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