jueves, 3 de septiembre de 2026

Mi Nicky

 

Nicky se llamaba mi segundo perrito.  

Después de unos días de vacaciones en casa de mi tía Oriana, una relación “legal” complicada porque en realidad no era nada mío, adopté a mi Nicky. 

Mi tía Gladys, la hermana de mi papá, se casó con mi tío Juan. Tuvieron cuatro hijos. Ella murió, pero nunca hubo un distanciamiento entre las familias. Él se volvió a casar y Oriana, su nueva esposa, pasó a ser nuestra tía. Tuvieron dos hijos más, más o menos de mi edad.

Y ahí fue donde pasé unos días un verano cuando tenía unos doce años.

Ellos tenían una perrita pequeñísima, parecía gato grande, y su “marido”, un vecino con el único con el que tenía perritos era un tremendo perro, como tres veces el porte de ella. En ese verano ella tuvo perritos. Fue el último parto porque siempre tenía perritos chicos como ella, pero en esa ocasión, le nació uno como el papá. Encima, tuvo como ocho perritos. Le hicieron cesárea y la esterilizaron. Cabe destacar que el papá de los cachorros esperó todo el rato afuera, lo único que le faltaba era un habano para parecer padre primerizo.

Entre esos perritos estaba el Nicky. Siempre lo dejaban de lado, apenas comía, había que ponerlo para tomar lechita de la mamá. Lo elegí a él. Todos me dijeron que no, porque moriría, no era muy vivaracho. Igual me lo dejé.

Era muy inteligente y, al final, fue el único que sobrevivió a sus hermanos.

En una ocasión le dio distemper. Mi papá llamó al veterinario, le dieron remedios y nos dijo que tal vez no pasaría de esa noche. Al otro día, amaneció como si nunca hubiera estado enfermo.

En otra ocasión, íbamos por una avenida, cuando un perro grande me salió persiguiendo, él se le atravesó al perro y se hizo seguir, venía una micro y el Nicky se tiró debajo de la micro, el Nicky se agachó en el medio y al perro grande lo atropellaron. Era un perro que siempre estaba mordiendo gente, así es que, en realidad, nadie lo echó de menos. Nunca quiso ir a vivir con nadie y era muy agresivo.

Cuando nos vinimos a vivir a Antofagasta (vivía en Santiago todavía), lo dejamos con mi hermano. En esos tiempo no era como ahora, que los perritos pueden viajar en avión y es algo casi normal. En esa época no era fácil traerlo.

Mi hermano nos llamó diciendo que el perrito se escapaba todos los días y se iba a la puerta de la casa en la que vivíamos y no quería comer ni nada. Así es que mi papá lo mandó a buscar. Dice mi hermano que camino al aeropuerto, el perrito iba mirando para atrás en el auto y le corrían las lágrimas. Tal vez pensó que lo iban a botar.

Cuando llegó a Antofagasta, se alegró, movía su colita e intentó jugar, pero estaba malito, muy deprimido. Murió esa misma noche. Al menos con la alegría de volver a vernos.

Yo sufrí mucho con eso, era mi perrito y llevaba casi siete años conmigo.

 Todavía recuerdo su carita de felicidad cuando nos vio y se dio cuenta de que no lo habían botado, si no que lo habían llevado de vuelta con su familia.

Él y mi Reina fueron mis dos perritos más amados y por los que más sufrí cuando murieron.

La próxima historia será de mi pequeña Reina que duró conmigo solo unos meses, pero me llenó de alegrías que nunca pensé podría hacerlo una perrita. Sobre todo, en ese tiempo, en que los animales solo eran mascotas.