martes, 11 de diciembre de 2018

Busco encontrarte


Sinopsis

Miranda es una mujer que después de diez años de sufrir maltrato por parte de su pareja, Lorenzo, decide abandonarlo. Se muda a una nueva casa, busca un nuevo trabajo y determina que su corazón nunca más va a ser dañado. 
Ella llega a trabajar con Roberto Cedeño, hermano mellizo de José Miguel, pero las cosas no le resultan tan fáciles, pues Lorenzo no la dejará en paz y José Miguel tampoco, que está enamorado de ella y quiere sanar sus heridas, pero ella no se lo hará fácil.
Una historia que te hará llorar, pensar, replantear tu vida y, por supuesto, enamorarte.





 Busco encontrarte es una novela basada en la canción de Tarifa Plana del mismo nombre, dejaré el vídeo al final del primer capítulo. 


Capítulo 1

S
entí en mi cara la mano de Lorenzo como tantas veces. Y no con amor, sino con todo el peso de su rabia. Sabía que me quedarían marcados, un par de días, sus dedos en mi piel, pero, por sobre todo, en el corazón.
―¿Me vas a decir quién era ese tipo? ―me interrogó una vez más.
―No lo conozco ―aseguré por enésima vez.
Por una estupidez.  A la salida del mercado, mi novio observó cuando un hombre me habló para pedir indicaciones por una dirección, sin embargo, él no me creyó, al contrario, pensó que ese tipo y yo teníamos algo así como una relación clandestina y que la supuesta dirección no era más que un código entre los dos para encontrarnos a escondidas. Jamás había visto al hombre y estaba segura de que jamás lo volvería a ver.
―Mentirosa. ―Alzó la mano y yo cerré los ojos, esperando el golpe.
¿Cómo podía aguantar a un hombre así?, me pregunté como tantas veces. Y una vez más, no tenía respuesta. O sí...
―¿No ves cuánto te amo? ―Dejó caer una lágrima.
Yo lo miré unos segundos, ya no sentía lástima por él, la sentí mucho tiempo, intentaba comprenderlo, reafirmarle mi amor, pero ya no podía.
―¿No lo ves, amor? ―volvió a preguntar, apoyando su frente en la mía por un momento, luego, unió sus labios con los míos y me besó, posesivo, casi enfurecido. Yo me dejé hacer, sabía que si no lo hacía, vendría la represalia. Y ya no quería.
―Te amo tanto, Miranda, que si tú me dejas, no voy a poder seguir viviendo, sin ti mi vida no tiene sentido. Prométeme que no me dejarás.
―Lorenzo...
―Dime que me amas ―exigió.
―Te he demostrado mi amor tantas veces y de mil formas distintas.
―Lo sé, amor, lo sé, perdóname ―suplicó acariciando mi roja mejilla―, pero tú me pones tan mal, si tan solo no me dieras motivos, no soporto verte coqueteando con otros hombres...
Motivos. Coqueteando. Durante mucho tiempo creí que de verdad era yo quien le daba motivos, sin embargo, ahora estaba segura que él no necesitaba ningún incentivo para golpearme. No era yo el problema, era él.
Me empujó a la cama y me hizo el amor, si es que al sexo que tuvimos se le puede llamar amor.
La mañana siguiente me fui a mi trabajo ocultando el moretón de mi cara bajo el maquillaje. Y tomé una decisión: lo dejaría.
Llamé a una conocida Corredora de Propiedades y arrendé un departamento pequeño en el sector norte de la ciudad, lejos de donde mi novio solía andar. Me enteré de un trabajo lejos del mío, al cual postulé; aunque era un reemplazo por un mes, no me importó; más adelante podría buscar algo más, lo único que me interesaba en ese momento, era salir de donde estaba. Lo haría sin avisar, de otro modo, Lorenzo jamás lo permitiría. Una vez que quise terminar con él, me golpeó de tal modo que estuve un mes con licencia, me gritó que si no era de él, no sería de nadie. Y no me iba a arriesgar de nuevo, quizás, esta vez, no tendría la suerte de salir viva.
Pasado el mediodía, me llamaron del nuevo trabajo, solicitando una entrevista para las cinco de la tarde. Pedí permiso para salir antes y me fui.
Roberto Cedeño me recibió y luego de ver mis antecedentes y conversar de algunas cosas, cerró la carpeta y me miró satisfecho.
―El trabajo es un reemplazo por un mes ―me explicó otra vez―, la secretaria de planta se debe operar por lo que necesito una persona por el tiempo que ella esté fuera. Inicialmente esto sería por un mes, aunque puede alargarse por dos, no creo que más que eso, si usted está dispuesta a trabajar por ese tiempo, el puesto es suyo.
―Necesito este trabajo, aunque solo sea un mes. Será el impulso que me falta ―respondí sincera.
Él asintió con la cabeza.
―Magdalena, mi secretaria, se va el próximo lunes, ¿puede comenzar a trabajar el miércoles? Así tendrá tres días para ponerse al tanto de las responsabilidades que se le asignarán antes de quedarse sola en el puesto.
―No hay problema ―contesté con seguridad.
Decidí en ese mismo instante que renunciaría al día siguiente; aunque perdiera el sueldo de ese mes, lo que más me importaba en ese momento era salir de las garras de Lorenzo.
Por la mañana me levanté dispuesta a iniciar una nueva vida. Ese día, Lorenzo tenía libre y al siguiente, turno largo en la clínica, lo que significaba que se iría a las seis de la mañana y ya no volvería sino hasta las doce de la noche, lo que me daría tiempo a sacar mis cosas y llevarlas a mi nuevo departamento antes de entrar a mi nuevo trabajo. Y empezar de nuevo.
Nada más llegar a la oficina, me apersoné en la oficina de mi jefe para anunciarle mi renuncia tan abrupta.
―Es por tu novio, ¿verdad? ―me preguntó, casi como una afirmación.
―Algo así.
―¿Ya te prohibió trabajar?
Yo lo miré sorprendida.
―Todos sabemos que él te violenta, el problema es que nadie sabía cómo ayudar, pensamos en algún minuto denunciarlo, pero creímos que tal vez fuera peor, sobre todo si tú no querías dejarlo.
―Me voy de esa casa ―dije lacónica, de nada servía negar lo innegable.
―Te escapas ―afirmó.
―Sí, no puedo seguir con él, por eso tampoco puedo quedarme a trabajar aquí. Me encontraría.
―En ese caso, Miranda, te deseo toda la suerte del mundo, pasa por contabilidad ahora mismo, daré la orden que se te cancele el mes y la indemnización como si nosotros hubiésemos prescindido de tus servicios. Si vas a iniciar una nueva vida lejos de ese hombre, necesitarás dinero. Puedes irte a tu casa ahora mismo para que arregles tus cosas.
―No es necesario, don Agustín ―repliqué sin querer parecer malagradecida.
―Sí, lo es, lamento mucho no haber hecho algo más por ti antes, o por lo menos haber hablado contigo, pero ya sabes, a uno le da miedo meterse en líos de pareja, no todas las mujeres quieren ser salvadas.
―Es cierto, hasta hace un tiempo yo era una de esas ―admití con pesar.
―Pero ya no, ¿verdad? Ahora lo dejarás e iniciarás una nueva vida lejos de ese hombre.
Asentí. Don Agustín se levantó de su asiento, yo lo imité, me abrazó con fuerza.
―Que te vaya muy bien, Miranda, si necesitas algo, cuenta conmigo, si necesitas más dinero, si tienes que irte más lejos para apartarte de él, cuenta conmigo, sin vergüenza, ¿de acuerdo?
―Muchas gracias, don Agustín.
Me dio un afectuoso beso en la mejilla a modo de despedida. Ya no lo volvería a ver. De todos modos, no me fui temprano, no podía, ni quería, volver a casa antes.
Por la tarde, como cada vez que Lorenzo tenía libre, me fue a buscar a la oficina a la salida. Yo iba sacando las llaves de mi coche, apresurada, para llegar a tiempo y que él no pensara que me había quedado con alguien en el trabajo, cuando mi cartera cayó, volcando todo el contenido, desparramándose en el suelo. Un hombre acudió a ayudarme.
  ―No se preocupe, estoy bien ―farfullé con rudeza.
El hombre se me quedó mirando sorprendido, yo devolví la mirada con culpa, si Lorenzo nos veía, tendría un duro recuerdo de mi último día con él.
―No necesito su ayuda, puedo sola, no se preocupe, puede irse por donde vino ―insistí molesta.
―¿Algún problema, amor? ―preguntó Lorenzo, amenazante.
―No ―respondió enojado el hombre que intentaba ayudarme, se levantó y se fue.
Yo seguí recogiendo mis cosas bajo la atenta mirada de Lorenzo que no hizo amago por ayudarme.
―¿Vamos, amor? ―Me tomó la mano sin esperar respuesta y caminamos hasta mi automóvil.
Me pareció muy extraño que no me celara con el hombre que me ayudó con mi cartera, pero no dije nada, era mejor no hacerlo. Al entrar a la casa, me llevé una sorpresa mayúscula. Mi novio había preparado unos ricos picadillos, tenía unos tragos excéntricos y un ramo de rosas enorme.
―¿Y esto? ―consulté algo nerviosa.
―Es para disculparme por lo de ayer ―contestó acariciando mi mejilla.
―No tenías que hacerlo.
―Quería hacerlo ―respondió simplemente y me besó, con un beso profundo y tierno.
Comimos conversando de todo y de nada y, por un momento, me arrepentí de lo que pensaba hacer, cuando él se comportaba bien, era un amor de persona, en cambio, cuando no...
―¿Qué pasa, amor? ―Lorenzo me sacó de mis pensamientos con un dulce beso en los labios.
―Nada, estoy un poco cansada.
―¿Mucho trabajo hoy?
―Sí, demasiado ―contesté sin más.
―Deberías hacerme caso y dejar de trabajar, con lo que yo gano, podemos vivir cómodamente los dos.
No contesté.
―Es tarde, ¿vamos a dormir? Mañana voy a irme un poco antes, Andrea tuvo un problema y nos dividiremos su turno con Francisco.
―¿A qué hora te irás?
―A las cuatro.
―No vas a dormir casi nada ―repuse mirando la hora, era pasada la medianoche.
―No importa, quería estar contigo.
Un nuevo beso y hacer el amor era inminente. Lo hicimos en el sofá y luego nos fuimos a dormir.
Apenas me aseguré que se había ido, me levanté y arreglé un bolso con mi ropa. Antes de las seis salí de casa y me dirigí a mi nuevo departamento. Por fin me liberaba de Lorenzo.
Llegué a mi nuevo trabajo antes de las nueve, me presenté en recepción y me condujeron a la oficina que ocuparía durante el siguiente mes, en el piso dieciséis, a la entrada de la oficina de don Roberto.
Magdalena era una mujer mayor, de unos cincuenta años, muy simpática y agradable; con gusto, me enseñó todo lo que debía saber. La mañana se pasó muy rápido entre muchas cosas que debíamos hacer.  
A la hora de almuerzo, me llevó con ella al casino
―Hola, niñas ―saludó a un grupo de mujeres que estaban en una mesa reunidas―, les presento a Miranda Valle, ella es quien me reemplazará este mes, espero que la acojan y la traten muy bien, no me dejen mal ―bromeó.
―Hola, Miranda ―saludaron a coro como si se tratara de niñas de escuela saludando a su profesora.
―Hola ―respondí con timidez.
―Siéntate. Ella es Rocío, Ana María, Jacqueline y Sandra ―me indicó a cada una de las chicas a medida que las iba nombrando―, ellas trabajan en otras áreas de la empresa, pero todas somos secretarias, ya verás que te llevarás bien con ellas.
―No te vayas a asustar, sí, porque estamos un poco locas ―explicó Jacqueline divertida.
―Habla por ti ―replicó Sandra tan de buen humor como la primera.
―¿Qué? Ustedes están locas ―repuso Ana María.
―A ver, yo sé que ustedes están locas, pero ¿yo? ―Rio Rocío.
―No, perdóname, yo sé que ustedes están locas, pero ¿yo?
A la última intervención de Sandra, la carcajada fue general. Eran muy agradables y risueñas; eso me gustó, me sentí en confianza de inmediato, lo cual era muy extraño en mí. Esa dosis de humor que tenían ellas, me haría bien, estaba segura de eso.
A la salida, Magdalena me explicó que se juntaban todas en el ascensor para bajar juntas  las siete y cinco en punto. Adentro, iba un hombre que me pareció conocido, pero no supe de dónde, sin embargo, lo dejé pasar, aunque, en mi interior, deseé que no fuera uno de los tantos amigos de Lorenzo. Las chicas lo saludaron con un escueto y respetuoso: “Buenas tardes” y él contestó de igual forma. Yo, como me había quedado pensando en que lo conocía, no lo saludé y me sentí mal por ello, sobre todo al sentir, sobre mí, su mirada insistente.
Las chicas se bajaron en el primer piso, irían a un pub cercano, al cual decliné la invitación, aduciendo que tenía cosas que hacer. El desconocido y yo seguimos hasta el sótano, donde se encontraba el estacionamiento.
―Buenas tardes ―murmuró al salir, a toda prisa, del ascensor.
―Buenas... ―No alcancé a terminar mi frase cuando ya había desaparecido.
Llegar a mi casa sin temor a haber hecho algo que molestara a Lorenzo, me hizo sentir libre, liberada, feliz.
Sin comer nada y solo sacando de mi bolso la ropa que usaría al día siguiente para ir a trabajar, me acosté. Ya no tenía a quien darle explicaciones si no estaba todo en su lugar. Ya arreglaría el desorden.  
De mi departamento y de mi vida.


Puedes adquirirla Aquí

Booktrailer


  Canción de Tarifa Plana


lunes, 10 de diciembre de 2018

Siete años


Sinopsis

La empresa de Macarena Véliz está al borde de la quiebra y Carlos Saravia le ofrece una salida: casarse con su hijo Vicente y permanecer en ese estado por largos siete años.
Vicente es un hombre mujeriego que vive de la farándula y los escándalos televisivos, en cambio, Macarena es una joven de bajo perfil, a quien no le interesan esos temas, jamás ve televisión, por lo que cuando le proponen este trato, no sabe quién es su futuro esposo.
Las cosas se complican cuando ella descubre que el hermano de su prometido es su mejor amigo y que todo lo que hay en su pasado no es casualidad, que todo en su vida, hasta ahora, es una mentira.



 Esta es una novela muy especial para mí, pues en ella participaron mis amigos de Facebook, cada uno tuvo un papel y pues esto fue lo que salió, al final, dejo el booktrailer de la novela y también el vídeo de agradecimiento a todos los que participaron. 



Prólogo


Leí el E―mail una y otra vez, no podía dar crédito a lo que veían mis ojos. Volví a releer:

“Señorita Macarena Véliz:
Por medio de la presente y, en vista que ustedes como empresa no han cumplido con su parte del trato, me veo en la obligación de retirar mis acciones y liquidar nuestro contrato. Espero mi dinero, depositado a mi cuenta bancaria, en un plazo no mayor a cuarenta y ocho horas.
De querer llegar a un acuerdo comercial, el único trato que estoy dispuesto a aceptar es el que usted acceda ser la esposa de mi hijo Vicente Saravia.
Esperando su respuesta a la brevedad, para afinar los detalles en caso de recibir buena acogida al acuerdo, se despide atentamente,

Carlos Saravia Gálvez
Director De CSG Ltda.”


Eché mi cabeza hacia atrás y cerré los ojos, las sienes me palpitaban. No podía aceptar un trato así, pero, por otro lado, estaba el tema del dinero, si Carlos Saravia retiraba su dinero…
¿Qué haría? ¿Dejaría que la empresa de tantos años se fuera a pique por mi culpa? ¿Dejaría que todo el esfuerzo de mi padre y mi abuelo se fuera al tacho de la basura?
Tal vez, ellos tenían razón y no debí tomar las riendas de la empresa. Ellos querían que fuese un hombre quien lo hiciera. Quizás, eso debí hacer, poner a cargo a otra persona, un hombre que llevara la empresa tal como lo habían hecho mi padre y mi abuelo, pensé desesperada por esta situación.
Me eché hacia atrás en el enorme sillón, si antes me sentía pequeña en él, ahora me sentía peor. Si tan solo uno de ellos estuviera vivo, esto no estaría pasando. Ellos sabrían qué hacer. Pero no estaban. Un estúpido accidente los arrebató de golpe de mi vida.
Y respecto al hijo de Carlos Saravia, ni siquiera lo conocía, aun así, abrí mi correo y, tomando aire, confundida, avergonzada y total y absolutamente desesperada, escribí la contestación.

Señor Saravia:
Como es de su conocimiento, mi empresa está pasando por un mal momento económico, si usted retira su apoyo financiero en este momento, ésta se iría a la quiebra.
Por esa sola razón, es que acepto su trato. Me casaré con su hijo, a quien no conozco y de quien no sé nada.
Esto no es fácil para mí, pero mi empresa lo vale, es el esfuerzo de mi padre y mi abuelo y no lo voy a tirar por la borda.
Dígame cuándo y dónde conoceré a su hijo, para planear los detalles de la boda.
Le saluda,

Macarena Véliz
Gerente General HIMM Ltda.

Las lágrimas corrían raudas por mis mejillas cuando presioné el botón: "Enviar". Ya no había marcha atrás. Lo hecho, hecho estaba. Y era lo mejor.
Pocos minutos después, recibí un correo de vuelta.

"Señorita Véliz:
Puedo decirle que recibí su correo con satisfacción. Mi suegra, que murió hace poco menos de un año como ya sabe, dejó estipulado que su nieto, mi hijo Vicente, debía casarse para recibir la herencia antes de cumplir dieciocho meses desde su fallecimiento. 
Como menciona en su Email, usted no lo conoce, pero él es un hombre que no tiene interés alguno en sentar cabeza, por lo que un matrimonio arreglado es la mejor opción para él.
Esta noche, en mi casa, conocerá a mi hijo. Enviaré a mi chofer para que la recoja en su casa a las ocho en punto.
De todos modos, no se preocupe, esto será solamente un negocio con fecha de caducidad: siete años. En casa hablaremos más extenso de los detalles.
Muchas gracias por aceptar el trato, su empresa será muy bien recompensada.
Nos vemos esta noche.
Atentamente,                                        

Carlos Saravia G.
Director Empresa CGS Ltda.".


Leí este último correo, frustrada. “Solo un negocio”, como si yo fuera una prostituta, rezongué en mi mente.
En ese momento, me arrepentí de aceptar. Mil preguntas molestaban mi ya atormentada mente. ¿Cómo sería el hijo de Carlos? Tal vez era un tipo asqueroso, si no, ¿por qué debía recurrir a un medio tan bajo para conseguir esposa? ¿Tan mal estaba que ninguna mujer lo aceptaba?
―Maca, amiga, tengo una duda con estos papeles... ―Ingrid entró a mi oficina como un torbellino y se quedó de piedra al verme llorar―. ¿Qué te pasó? ―preguntó preocupada una vez que se repuso.
―¿Tú no sabes golpear?  ―la censuré molesta.
―¡Maca! ―protestó―. Nunca he golpeado y no voy a empezar a hacerlo ahora. Ya, cuéntame, ¿qué te pasó?
―Nada ―contesté secándome las lágrimas lo más disimulada que podía.
―A mí no me engañas, ya dime, ¿qué te pasó? Algo grave debe ser porque desde que tengo uso de razón y te conozco, te he visto llorar dos veces, la primera cuando íbamos en segundo básico y la profesora te llamó "guacha" porque no tenías mamá y la segunda, cuando despertaste después del accidente y supiste lo que pasó. Ahora, dime, ¿de verdad quieres que no me preocupe?
Me rendí ante sus argumentos, en realidad, Ingrid era mucho más que mi amiga.
―Ven ―suspiré―, mira esto.
Ingrid acercó su silla y se sentó a mi lado. Con mucha vergüenza, le enseñé el primer correo.
―Supongo que no vas a aceptar las condiciones de ese hombre, ¿cierto? Y tan correcto que se veía, a mí me encantaba él, parecía un buen amigo de tu papá y de tu tata. ¡So viejo infeliz!
Mientras ella despotricaba, yo me encogía más en mi asiento y, arrepentida de no haber tomado el consejo de mi amiga antes de tomar una decisión, abrí la respuesta que había enviado. Su expresión me espantó.
―¡No, flaca! Pero ¿qué hiciste? Te pusiste la soga al cuello, amiga. Y con ese tipo más encima.
―¿Qué tiene ese tipo? ¿Lo conoces?
―¡Claro que lo conozco! ¿Tú no? Ah, no, claro que no, tú no ves televisión, si vieras, sabrías quién es Vicente Saravia  ―recalcó mucho las palabras.
―¿Es un actor?
Mi amiga se echó a reír con ganas, yo no le encontraba la gracia.
―¡Ya, Ingrid, dime quién es él! ―la espeté molesta, esta situación me ponía nerviosa y su actitud no ayudaba mucho.
―Amiga, él es el top one de la farándula chilena. Ha participado en realities, hace eventos en las discos (Discotecas), ha salido en más de una teleserie. Dónde hay una mujer sola, ahí está él; problemas de faldas, él; mujeres agarrándose del moño, es por él. No hay programa de farándula que no lo quiera de invitado. Menudo hombre que te ganaste. Mi más sentido pésame, amiga.
Tomé aire y terminé de hundirme en el sofá, si lo hubiera sabido antes...
―La parte buena es que atraparás al soltero más codiciado ―se burló con algo de envidia.
―Podría haberse conseguido una esposa de su ambiente, entonces ―reclamé.
―¡Claro que no! ¿Estás loca? ―me rebatió con firmeza―. Esas chicas lo único que quieren es pasar el rato y obtener dinero fácil y rápido. Si Vicente se casara con una de ellas, quedaría en la ruina en dos meses.
La situación le parecía muy graciosa al parecer, porque volvió a largar otra risotada.
―No me parece gracioso, Ingrid.
―Claro que no es gracioso, Maca, pero dime, ¿cuándo lo vas a ver? Para que me invites, porque harto rico que está ―me dijo guiñándome un ojo.
―¡Oye! ―Si ella creía que esto era una broma, estaba muy equivocada.
―Ya, no te enojes.
―Mira ―le indiqué el correo que me había contestado don Carlos, en el que me invitaba a su casa esa noche.
―Guau, Maca, pero esto va muy rápido. Espero que te vaya muy bien, aunque con ese hombre no te lo aseguro. El único consejo que te puedo dar, ahora que está hecho el trato, es que no te enamores, si lo haces, estarás frita, porque él no se enamora, él juega.
―No quiero enamorarme, tú lo sabes, no necesito, ni quiero, a un hombre a mi lado ―respondí con firmeza, aunque no pude evitar recordar que hacía poco rato pensé que necesitaba un hombre que se hiciera cargo de mi empresa.
De todos modos, ese hombre no sería Vicente Saravia.
  
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Les dejo el booktrailer

Y el vídeo de agradecimiento